Tradiciones

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María Jesús Argibay

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octubre 12, 2022

Tradiciones

Estas semanas hemos oído hablar mucho de la «tradición» como justificación a una escena que resulta increíble e inadmisible, sin duda, en pleno siglo XXI en el que la lucha por la igualdad se mantiene con todo el esfuerzo de gran parte de mujeres incapaces de tolerar y entender que a día de hoy se las trate como un ser inferior por «costumbre» o «porque siempre ha sido así».

https://youtu.be/qctk41MiWts

A esa tradición han apelado ellas y ellos para justificar unos gritos, una llamada a la acción -dicen que era broma-, un vamos todos a una contra esas «putas a las que las vamos a follar y dejar tranquilas porque habrá para todas«. Chicos de familias bien, o muy bien, como manda la tradición frente a chicas también de la misma clase. Jóvenes que se creen al margen de cualquier ley porque están arropados por esa tradición tras la que ocultan sus actos, por esa que, sin duda que han mamado en su hogar, la que normaliza el papel de la mujer en segundo lugar. Y visto lo visto, ellas también lo normalizan porque seguro que en casa «una buena señorita, que quiera casarse y tener un futuro… acepta estoy más» o porque «las putas y ninfómanas» según estas tradiciones son las otras y no ellas, «a las que no nos harán nada, son nuestros amigos».

Pues bien, veamos qué se entiende por tradición. Según la RAE. «transmisión de noticias, composiciones literarias, doctrinas, ritos, costumbres hecha de generación en generación» o «doctrina, costumbre, etc… conservada en un pueblo por una transmisión de padres e hijos».

Y he aquí el problema, la tradición que se transmite generación a generación ha instaurado como normal a lo largo de la historia demasiadas ideas o valores -que muchos y muchas prefieren no tocar ni juzgar, por supuesto.- Así tradición fue el derecho de pernada; la imposibilidad de las mujeres de tener voz y voto durante siglos; la mujer al cargo de los trabajos sociales y a ser posible en su casa; la maternidad para sentirse una mujer completa; los puteros y prostíbulos… y si nos ponemos seguirá un largo etc de asuntos, ideales y cuestiones que no se pueden justificar, jamás, en nombre de la tradición.

Porque en nombre de ella, como hemos podido comprobar hace unos días -porque alguien está vez decidió grabarlo-, se insulta y menosprecia a las mujeres como un juego, y lo hacen universitarios -las generaciones del futuro- cuyos padres pagan al mes 1200 euros por una plaza en en un Colegio Mayor. Y aunque a muchos les guste «alarmar» sobre el «peligro de resucitar el debate de pobres y ricos» son esos mismos, los que pagan esos caros centros, quienes abogan por mantener la tradición por encima de la razón, y en este caso por encima de una lucha tan básica como la del respeto a las mujeres, la consecución de la igualdad.

Las élites que «bromean» con una realidad que los datos reflejan diariamente como son la falta de educación afectivo-sexual, la violencia machista y el incremento de violaciones porque «las putas y ninfómanas estamos esperando a ser folladas», queramos o no. Son los mismos que restan importancia a los abusos sexuales en nuestro país, a los casos de pederastia (ya sean o no en el seno de la iglesia), las violaciones en grupo o simplemente las agresiones a mujeres; y por supuesto, aplauden y normalizan socialmente la existencia de puteros que a base de billetes se creen con la potestad de hacer lo que quieren -y que generación tras generación han perpetuado- sobre las mujeres explotadas por los proxenetas.

Pero ya sabes lo que dice la tradición: mujer, muchas de ellas están ahí porque quieren.

Según un reciente estudio realizado por la Universidad de Barcelona, encargado por el Ministerio de Interior,  «hay unas 235.000 personas que cometen actos de violencia sexual al año y hay 350.000 personas víctimas de estos ellos, lo que supone que «un mismo agresor, comete más de un delito». Y ojo al siguiente dato «1 de cada 45 mujeres y 1 de cada 60 menores tienen riesgo de sufrir este tipo de violencia cada año.»

Pero bueno, ya sabemos lo que dice la tradición: algo habrían hecho.

Y seguimos mirando para otro lado, o dando lugar en las instituciones -ganado sin duda democráticamente- a partidos que no solo no condenan la violencia de género si no que la niegan, representantes púbicos que en la coreografía del Colegio Mayor Elías Ahuja no ven nada criticable es más aseguran, a través de Macarena Olona, que «lo llaman machismo porque nos quieren débiles y víctimas para hacer política…»

Recuro al refranero español cuando digo que «cree el ladrón, que son todos de su condición» porque son ellos los que nutren su política y sus acciones del ataque contra los derechos sociales y humanos y negar realidades -entre otras muchas- como la violencia machista, esa que en lo que va de año ha asesinado a una treintena de mujeres y que en el primer trimestre de este 2022 se ha incrementado un 18% respecto a hace un año.

Pero que más le dará. En sus colegios, sus idearios, su forma de vida siguen creyendo en ricos y pobres, siguen pensando en que las mujeres tienen un lugar como madres y esposas en su hogar, siguen defendiendo que el color de la piel o nuestro origen sí importa, que las diferencias de género no existen porque así lo dice la tradición, esa que ha pasado de padres a hijos durante años y años.

Lo siento pero no, no. Me niego a creer en este tipo de tradiciones. No somos putas, no somos ninfómanas y no estamos esperando nuestro turno para ser folladas. No, no es una tradición.

¿Hablaamos? Te espero