Todo sigue igual

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María Jesús Argibay

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marzo 22, 2023

Todo sigue igual

A la lectora o lector que esté ahora ante este texto, en esta ocasión le pido que dedique unos pocos minutos a ver el vídeo con el que arranca mi nueva entrada en el blog porque cuando yo lo vi por primera vez me sobrecogió al devolverme a la mente imágenes que, a pesar de haber pasado sólo tres años, nos resultan ya muy muy lejanas, porque lo malo, siempre preferimos dejarlo atrás: la pandemia de la COVID 19, sí ese virus que logró paralizar al planeta. Y sobre todo el trabajo de quienes se enfrentaron desde el primer día, cara a cara, mano a mano a él que queda reflejado en estos poco más de tres minutos del inicio de la tercera temporada de la serie New Amsterdam.

https://youtu.be/VYB1hQpJLIg

No hablaré de la serie, porque es una producción sobre hospitales, en este caso sobre el hospital público mayor de Estados Unidos y en la que, a pesar de ser una serie más de médicos, podemos decir que algunos mensajes y denuncias que en ella se hacen son muy reales y muy vigentes.

Hace una semana «conmemorábamos» la orden de confinamiento que desde el gobierno se dictaba y que nos encerraría en nuestras casas durante tres meses. De hecho hace tres años estábamos «encerrados» en nuestros hogares. En las redes muchos y muchas colgaron algunas de las fotos de ese momento; en los informativos, diarios y noticias algo se mencionó y recordó; y, poco a poco hemos ido recuperando la normalidad, esa que tanto echamos de menos. Tan poco a poco que todavía el uso de mascarillas es obligatorio en los centros sanitarios.

Pero este vídeo, este trailer nos devuelve a 2020. Sí, en este caso es maquillaje y efectos especiales pero entonces fue real. El personal sanitario, médicos, enfermeros, celadores, cocineros… se enfrentaban a miles de casos cada día, sin la protección necesaria y con la incertidumbre y desconocimiento sobre contra qué luchaban. Sanitarios (como otros muchos sectores) que estaban en primera fila y que durante las primeras semanas se protegían como podían -por falta de material- y atendían a los cientos de pacientes que ingresaban y por los que, en la mayoría de las veces y tras jornadas maratonianas, nada podían hacer.

Pronto desde las terrazas, balcones y ventanas todas las tarde gente anónima salía a aplaudirles, a animarles y reconocer su trabajo, el durísimo trabajo que realizaban y que iba más allá de simplemente atender a sus pacientes. Muchas y muchos de ellos separados de sus familias para evitarles contagios; convertidos en sanadores pero también en psicólogos, amigos y familiares sustitutos de aquellos hijos, mujeres, maridos, padres o madres que no podían despedirse de sus seres queridos. Sus manos los sostenían en sus lugar mientras que en sus casas los familiares asumían su duelo en soledad, en la misma en la que fallecieron miles y miles de personas.

Debemos mucho, muchísimo a todos esos profesionales, a los que se reforzó con miles de contratos para ayudarles y mejorar la atención sociosanitaria en aquel momento en el que, todos y todas estábamos seguros de que alguna lección sacaríamos en limpio de esto, por ejemplo, la importancia de la sanidad pública, de su correcto mantenimiento para que se cumpla un derecho básico de toda la ciudadanía y, sobre todo, en las condiciones correctas.

Sí, pensamos que se aprendería algo… Sus secuelas psicológicas, son muchos y muchas los que los recuerdan y todavía viven, pero ahora frente a los aplausos la indiferencia de las administraciones ante sus demandas; las quejas de los pacientes que padecen la precaria situación en la que se encuentran y que no dudan en agredirlos – más de 800 acciones violentas contra ellos el año pasado-. Y superada la crisis los pertinentes gobiernos que pasado el problema decidieron despedir a todos los profesionales que durante semanas se jugaron la vida -algunos la perdieron- dejando tocada de muerte una vez más la sanidad pública, con grandes listas de espera, cuotas de pacientes inasumibles y tiempos en los que los propios médicos y médicas confirman es imposible atenderlos correctamente.

Los aplausos se olvidaron y con la nueva normalidad volvieron las quejas y la soledad de un sector que ha decidido que ya está bien, que hay que protestar y manifestarse. Cuatro meses han estado en las calles reclamando mejoras básicas y necesarias para garantizar este derecho que es de todos y todas, cuatro meses en la capital con encierros, jornadas de huelga y los responsables políticos no hacían caso, es más querían sacar rédito político de unos profesionales a los que usaron cuando los necesitaron durante la pandemia, y a los que ahora le dan la espalda, dándonosla a toda la sociedad

Atrás quedan las cifras. En total se han notificado hasta el día de hoy 119.872 muertes cuasadas por el virus, registrándose sólo en el 2020 más de 70.000 -siempre computando las producidas por el covid directamente-. Cifras que son más que eso porque detrás de cada una de ellas hay un nombre, una persona y sus familias, historias de dolor y despedidas en la distancia y la soledad. Y con ellos sanitarios dispuestos a encender una tablet, hacer una llamada de teléfono mientras le daban la mano sabiendo que podría ser la última. Cifra que si ampliamos el foco llega a los 15 millones de muertos, según la OMS, personas que contrajeron el virus y murieron, en muchos casos en cuestión de días.

Y lo irónico es que en ese momento todo el mundo iba a aprender de esta situación extraña que vació ciudades y supuso una reducción de contaminación -entre otras cosas- regalando al medioambiente un respiro: «de todo esto sacaremos una lección». Que bonito sonaba, casi parecía real… pero la llegada de la nueva normalidad y después la «normalidad» borró las buenas intenciones, empezando básicamente por las administraciones que pronto se deshicieron de miles de profesionales que -aunque arriesgaron sus vidas- ahora ya no son necesarios -a pesar de que las listas de espera crecen sin medida-.

Somos muchas y muchos los que fuimos conscientes de lo que supuso ese encierro; el tiempo extra que nos ofreció y que nos permitió descubrir la cantidad de cosas a las que renunciamos, en demasiadas ocasiones, a favor del estrés y de querer cumplir con muchos requisitos y expectativas que se esperan de trabajadoras/es, madres/padres, hombres y mujeres en el mundo globalizado en el que vivimos y en el que correr, cumplir, trabajar y no parar parece estar premiado.

Cada uno hemos recuperado poco a poco nuestra normalidad y tristemente, que es lo que quiero destacar en esta ocasión, la sanidad pública también, con despido de los miles de sanitarios contratados, con reducción de nuevo de medios humanos y materiales y, con un personal agotado que comprobaron que su «nueva normalidad» difería de la anterior porque ahora eran más los pacientes que atender; porque los protocolos imponían que se les tratase por vía telefónica; porque los tratamientos se retrasaban y las enfermedades se agravaban; porque estaban agotados y reclamaban du derecho a descansar pero… no había personal -una vez más, y esto si puede empezar a entenderse como un mal pandémico-.

La sanidad pública, cuya salud no era precisamente la idónea, se vio tocada de muerte tras la pandemia, a pesar de aplausos y ánimos de sus trabajadores. Y la más dañada la atención primaria, ese primer encuentro fundamental con nuestro sistema y al que los políticos desprecian una y otra vez. Cuatro meses han secundado una huelga los facultativos en Madrid, reclamando mejoras, más tiempo de atención, menos cuotas de pacientes… cuatro meses sin que se les hiciera caso y -quizá porque ahora se acercan elecciones- finalmente sí se sentaron y llegaron a un acuerdo.

Manifestaciones que se repitieron y repiten en distintas comunidades en las que la demanda es la misma. Y me imagino a esos médicos, enfermeros, celadores que se echan a la calle notando la falta de respaldo, de calor que en su momento -porque le dedicábamos ese tiempo que se merecen- encontraban todas las tardes a las ocho con aplausos y bravos. ¿Dónde están ahora? Por qué no son multitudinarias las manifestaciones de protesta? ¿Por qué no salimos a ellas cuando las noticias señalan que fondos públicos se derivan a las clínicas privadas, a empresas gestoras de recursos médicos en detrimento de la sanidad pública?

Las mascarillas en centros sanitarios y farmacias; las señales direccionales marcadas en cientos de locales; las marcas del metro y medio de distancia recomendable o los restos de vinilos en el suelo marcando la ubicación de que debemos mantener cada uno de nosotros y nosotras son los recordatorios que nos quedan de esa pandemia que en su momento tanto nos impresionó y tanta confusión creó.

Pero una vez más, el ser humano, ha demostrado que al contrario de lo que nos cantaba Mercedes Sosa «nada cambia» y, lamentablemente, todo sigue igual. Echo de menos esos aplausos reales, de corazón y de creencia firme en que la sanidad pública debe ser defendida por encima de todo. Que este derecho, como muchos otros, tendremos que defenderlos movilizándonos, apoyando y no mirando a otro lado porque si nos despistamos, un poquito solo, quizá en pocos meses todo cambiará, ahora sí, pero desde luego no para mejor.

Por eso mi aplauso a todos aquellos y aquellas que siguen luchando desde sus puestos de trabajo no únicamente para dignificarlo si no para defender que no se merme ni uno solo de los derechos que nos corresponde como ciudadanía y que están reconocidos en la constitución.

¿Hablaamos? Te espero