Cada año, cuando llega el 25 de Noviembre, el día Internacional contra la violencia machista, recordamos las mujeres asesinadas por sus pareja y exparejas, cifras oficiales que a muchas y muchos nos cabrean y no nos dejan indiferentes, cifras que se computan desde el 2003 pero que dejan fuera de ese horrible cómputo a muchas víctimas cada año: por ejemplo, a las mujeres violadas por extraños, a las que maltratan psicológicamente a diario en un trabajo, o las mujeres explotadas que ejercen la prostitución, sometidas por hombres que se hacen ricos a su costa y por aquellos otros que se sienten con el derecho de violarlas, pegarles o asesinarlas porque «pagan» y entienden que es su mercancía.

Aunque está claro que existen muchos intereses para evitar que esto ocurra. Centrémonos en el debate en torno a la prostitución: ¿legalizar o abolir? Yo lo tengo claro, abolir. Porque es acabar con una forma de esclavitud, de explotación y uso de las mujeres. Un debate que cada vez que surge genera controversia y debates encendidos, pero quiero pensar se debe a la falta de conocimiento, a la incapacidad de ponernos en la piel de los demás, al hecho de justificar esta actividad con un «no hace mal a nadie»… desconocimiento.
Cifras que no quiere olvidar cada año la revista digital feminicidio.net, que nos da una visión más amplia de los límites que puede llegar abarcar la violencia machista. Y aunque sin duda el 25 N es fundamental y debe mantenerse para recordar que el patriarcado sigue imperando a sus anchas, debemos seguir levantando la voz para ponerle freno, para destapar y desterrar de nuestras sociedades valores rancios y machistas que persisten en ellas.

Estreno este año mi blog con el libro «La revuelta de las putas«, lectura que realmente recomiendo a todas y a todos, en la que su autora explica por qué es necesario abolir la prostitución, frente a opciones como la legalización u otras. Escrito por Amelia Tiganus, víctima de la explotación sexual y ahora activista a favor del abolicionismo, nos ofrece una mirada en primera persona y bien documentada sobre la prostitución, el ejercicio más claro de violencia machista de nuestras sociedades, porque como nos explica «la prostitución no es ni sexo ni trabajo, sino violencia sexual de hombres contra mujeres».
No interesa, claro que no, actuar contra un negocio lucrativo que genera en España 5 millones de euros al día y que como «mercancía» tiene a más de 200.000 mujeres. Así de claro. En nuestro país, al menos conocidos «hay 1700 clubs de alterne» o incluso pisos que, funcionando con licencia de hotel, logran la protección legal necesaria para que en su interior víctimas de los proxenetas y redes de explotación se pongan a la venta a «un hombre machista que hace uso de sus privilegios, el dinero y el poder, para satisfacer sus deseos sin tener en cuenta la condición humana y la vulnerabilidad de las mujeres prostituidas y sus circunstancias».
Leyendo las páginas de «La Revuelta de las Putas», las palabras de Amelia dejan claro que, como ocurre con otras cuestiones que permitirían poner al mismo nivel a mujeres y hombres, no interesa finiquitar un gran negocio del que se benefician muchas personas en ámbitos bien diferentes, incluso con el amparo de los estados «que permiten la trata de personas con fines de explotación sexual y la prostitución. La fábrica de las putas se construye con machismo y misoginia».

Nuestro estado, tiene el «privilegio» de ocupar el primer puesto como consumidor de prostitución de Europa y el tercero a nivel mundial, después de Tailandia y Puerto Rico. Increíble y, como señala la propia Amelia, «indignante estadística» saber que nuestro país es el prostíbulo de Europa y uno de los que facilita el turismo de la explotación sexual. Les guste o no, hablamos de violencia sexual, de machismo, de ejercer el poder sobre seres que se ven como «inferiores», a los que se les despoja de sus derechos y dignidad -entre tantísimas cosas- por el simple hecho de un intercambio monetario.
Pues no, tras esas mujeres hay historias y vidas totalmente quebradas y rotas. Sometimientos, explotación, dolor, drogas -que se ven obligadas en muchas ocasiones a consumir por sus proxenetas- cambios de uno a otro prostíbulo «cuando ya están muy usadas». Seres humanos a los que se denigra y se utiliza como si fueran simples objetos, una propiedad respaldada por el machismo más rancio porque los «puteros pagan por penetrar a mujeres que no les desean. Esta idea de ser mujer y tener sexo sin querer sexo, fuera del sistema prostitucional se consideraría una violación. Sin embargo, en la prostitución la violencia sexual queda justificada por el intercambio de dinero». Paradójico, no os parece.
Todas nosotras somos ellas; todas las mujeres que exigimos ser respetadas como iguales, que defendemos nuestra libertad a sentir cuando queramos y con quién queremos; todas las mujeres que como feministas queremos acabar con siglos de patriarcado y avanzar hacia la igualdad real, somos ellas, y debemos sumarnos a la revuelta que nos propone Amelia Tiganus, o por lo menos, intentar conocer más sobre la realidad, la dura y oscura que existe tras la explotación sexual de las mujeres, tras la prostitución. No son ellas y nosotras, no, somos todas con un objetivo común.

«No querer pensar y profundizar es un acto antidemocrático. Lo transgresor no es defender posturas que refuerzan el statu quo y alimentan desigualdades. La libertad de pensamiento requiere romper esquemas mentales, políticos, sociales, económicos y culturales. Y el abolicionismo lo hace con creces, ya que pone en jaque todas estas estructuras».
Pensar, simplemente eso, detengámonos un momento y pensemos. Hagámoslo en términos del siglo XXI en el que vivimos, desde la perspectiva de un presente que debe despojarse del clasismo, lo rancio y los valores patriarcales que desde años han justificado, y defendido, la prostitución sin rubor alguno, e incluso lo han alentado como un valor a sumar a la masculinidad de muchos.
Traslado, para terminar, una de las preguntas que nos lanza Amelia en su trabajo: «¿Queremos seguir normalizando que los hombres accedan impunemente a penetrar por boca, vagina y ano, y con ello reducir a las mujeres, niñas y cada vez más niños, a meros agujeros y a objetos de uso y disfrute?
¿Lo queremos?