«Tatas»

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María Jesús Argibay

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julio 4, 2022

«Tatas»

Durante la ya casi olvidada cuarentena se convirtió en un fenómeno viral, y posteriormente, en un documental que supe desde un principio que quería ver. No por el hecho de que el actor y director transmitieran «buenas vibras», como se dice ahora, si no porque realmente en él quería documentar la relación existente entre un hombre y una mujer con una diferencia de edad de 40 años, un chico de 37 años y una mujer de 97. Miguel Ángel Muñoz y su ya famosa Tata, o lo que es lo mismo, la hermana de su bisabuela y que desde su tierna infancia siempre estuvo a su lado y lo cuidó.

Me refiero a su documental «100 días con la Tata», en el que recoge gran parte de la pandemia y el confinamiento que vivieron juntos, pero también hizo realidad una idea que, tal y como explicó en su momento, le rondaba la cabeza desde hace mucho tiempo: hacer una película con esa mujer tan especial en su vida. Y ahí está ese documental en el que vemos mucho más allá de la relación entre un famoso y su familiar: nos abre una ventana a las diferencias generacionales, al mundo de los mayores y de lo mucho que pueden dar y de lo mucho que les debemos dar.

Hay quien dirá que Miguel Ángel Muñoz ha hecho negocio con su Tata. No lo creo así. El documental deja muchas lecciones, muchísimas. La primera de ella, nos recuerda algo que -pasado ya el momento y retirados los focos sobre la historia- hemos olvidado, o más bien muchos y muchas han querido enterrar: cómo se trató a nuestros mayores en los peores momentos de la pandemia. Ellos fueron las principales víctimas y nadie, nadie parecía preocuparse por ello. Ni antes, ni ahora.

Y recupera 100 días con la tata, imágenes y noticias en las que se describía la situación de las residencias de mayores, en las que se daba día sí y día también el parte de muertes de personas «ancianas» de 70 u 80 años. Lo triste es que ya lo hemos olvidado, y no recordamos esas noticias en las que parecían restar importancia a las muertes siempre con esa coletilla de «se trataba de una persona avanzada edad» y la otra de «con dolencias previas». No, no se hizo bien, claro que no y hasta marzo de 2021 -un año después- no se dio una cifra oficial por parte del gobierno sobre el número de fallecidos: un total 29.408.

Según esos datos, la mayor parte de las muertes se produjeron durante la primera ola de la pandemia, entre el 14 de marzo y el 22 de junio, cuando murieron en residencias 19.835 personas, de ellas 9.976 confirmadas con covid-19 y 9.859 sin confirmar y síntomas compatibles del virus. A esas muertes se suman otras 6.305 en el resto de 2020, para un total de 26.140 en el año. El informe no desglosa más las cifras de muertes referentes a 2020.

La llegada de las vacunas redujo el número de muertes un 95%

Y lo hicieron sin poder despedirse de sus familiares, aislados y eso sí con la ayuda y el cariño y entrega innegable de los trabajadores de las residencias -la gran mayoría- que con el mismo miedo que en aquel momento nos invadía a la ciudadanía lo dieron todo, e incluso denunciaron, situaciones que también parecen haber caído en el olvido y no deberíamos consentirlo: protocolos dictados desde el gobierno autonómico -pongamos que hablo de Madrid- ordenando que no se trasladasen a los hospitales a los ancianos contagiados, quizá pensando que «ya vivieron lo suyo». Lamentable.

Eso nos recuerda el documental que nos muestra la importancia de cuidar y querer a nuestros mayores, de la vida que hay tras ellos y ellas y, como el propio protagonista experimenta en día a día lo que implica cumplir años. Una senación que plasma en una de sus conversaciones a cámara cuando afirma «que difícil resulta hacerse mayor, aludiendo en este caso a los dolores que padece su «tata» pero también tras esa frase -y pensando en otras y otros muchas y muchos- la soledad de su día a día, la falta de empatía que encuentran en una sociedad que todavía sigue penando que pasada una determinada década pierden las ganas de vivir o son personas que «no están para muchos trotes».

Nos encontramos ante un fenómeno que se llama «edadismo» o lo que es lo mismo la discriminación por razón de edad. Si nos vamos al mundo del espectáculo lo oímos en más de una ocasión – en este caso sazonado del patriarcado imperante- no pasa lo mismo con los actores. Si os paráis a pensarlo un momento os salen más de dos o tres ejemplos sin esfuerzo). Pero el edadismo va más allá, se refiere a ese «arrinconar» a los mayores, creer que al llegar determinada edad, o situación carecen de sentimientos, de autonomía o capacidad de hacer cosas.

No señoras y señoras, no son ellos los que carecen de esa capacidad es la sociedad insensible la que no acepta la realidad de que los años pasan y que la población envejece. Lo hace cada vez mejor pero aún así hay que conseguir adaptarse al cambio en todos los sentidos, no dejando al margen -como sí se hizo en la pandemia- a los considerados como más débiles porque preferimos seguir pensando en rentabilidad y productividad -sí como así suena- y olvidamos toda la riqueza que aportaron y aportan, en todos los aspectos.

Solo así se pueden entender campañas como la de «Soy mayor pero no idiota» en la que se lograron las 600.000 firmas para exigir a las entidades bancarias -las que han ganado mucho, mucho dinero a costa de todos ellos y todos nosotros- que no pretendieran echar del sistema a las personas mayores, que no exigieran que ellos se adaptasen a las normas dictadas por «Don dinero», si no que, ajustaran el paso, y lo hicieran con la sociedad real, con las personas que cada día en ella hacen uso de los cajeros, y de las ventanillas.

Son muchos los ejemplos de edadismo, y es algo que no debemos consentir. Y creo que con el documental que sirve de hilo conductor a esta entrada del blog nos queda claro. Les debemos mucho, son parte de nuestra historia personal, su experiencia y sus luchas dieron paso a las nuestras. Una sociedad integradora y democrática no puede dejar a ninguno o ninguna de sus ciudadanos fuera del sistema ni por raza, religión, sexo o… edad.

¿Hablaamos? Te espero