
Regreso tras el verano, con el otoño recién estrenado a mi blog, lo hago poco antes de que cierren los colegios electorales en Italia, pendiente de unas elecciones que muchos y muchas pensarán que no nos afectan, que no nos interesan pero… no puedo dejar de temer que se cumplan las encuestas que en los últimos días parecen dar la razón a aquellas y aquellos que tristemente se ven abocados a reconocer que no, que el pasado no se ha superado, ni siquiera hemos aprendido de él. Tal vez cuando publique estas letras ya se conozcan los resultados y ojalá -aunque temo equivocarme- la ultraderecha no haya ganado en Italia. Ojalá la ultraderecha no haya sumado un espacio más en nuestras democracias (esas que tanto critican cuando les interesa y que, paradójicamente, les posibilita ser elegidos y cobrar del estado sus sueldos.
Regresaba del verano con lecturas y experiencias que comentar, como siempre hago en mi blog, pero en esta ocasión el recuerdo que más ha pesado es el concierto de Joan Manuel Serrat que pude disfrutar en julio, el último que daría en Vigo durante su gira antes de bajarse de los escenarios. Un hombre que se ha caracterizado por defender la libertad, por alzar su voz en pleno franquismo contra la dictadura como tantos otros que querían escapar de la opresión de una dictadura impuesta tras la sublevación militar contra un gobierno democrático en el 36.
Un concierto que siempre quedará en mi memoria, donde vivían ya muchos de sus temas, y de ellos uno resuena estos días en mi cabeza quizá por todos los mensajes que apuntan sin remedio al crecimiento de ideologías ultras y sinsentido, que recortan nuestros derechos-: Para la libertad. Él puso la música, Miguel Hernández la letra, y cientos y cientos de personas anónimas para muchas y, no para otras, su propia vida para que ahora la pudiéramos disfrutar en pleno siglo XXI.
No fue el único y si buscamos en la historia de la música, hay muchos y muchas artistas que han cantado a la libertad, a esa que nos permite a todos y todas ser iguales; a la que defiende los derechos de las personas da igual su raza o condición; la que respeta a los que piensan diferente, a los que huyen de guerras y conflictos que inician desde despachos o grandes pedestales los que siempre ganan -a pesar de que detrás lo que dejen sea muerte, destrucción o dolor-; la libertad de gritar contra la opresión, contra la homofobia, el machismo, la xenofobia; la libertad para no tener que mirar hacia otro lado por las consecuencias…
Nos echaremos las manos a la cabeza cuando sea tarde, como siempre pasa. Nos escandalizaremos cuando veamos en los telediarios las imágenes de fosas comunes -como ya hemos visto en Ucrania- y luego seguiremos a lo nuestro, restando importancia al ascenso de esos pensamientos que ya a mediados del siglo XX imperaron en Europa y que tanto nos avergonzaron después. Movimientos fascistas, de ultraderecha que han seguido latentes, esperando su oportunidad, atentos a que quienes se aprovechan de la desesperación ajena muevan los hilos para ellos seguir cómodamente en sus torres de oro, mientras el resto hace el trabajo sucio.
No hace tanto en este blog escribía una entrada en titulada 3, 2, 1... eran los días que quedaban para que los talibanes recuperaran el gobierno en Afganistán. Telediarios, redes sociales, radios, diarios… se llenaron de denuncias, de imágenes de gente huyendo de una represión total de libertades. Las mujeres, ellas serían las más débiles… ellas volverían a perder hasta su propia razón de ser -porque ellos los hombres talibanes así lo ordenan-. La perdieron. Sí, las encerraron en casa bajo burkas, prohibiéndoles la educación de nuevo y pasado el momento ya pocos nos acordábamos de ellas.

Afortunadamente hay valientes que siguen dispuestas a gritar y salir a la calle. Lo han hecho esta semana: se han quitado las yihab, se han cortado el pelo y se han enfrentado -aún a riesgo de lo que eso supone para ellas- manifestándose para defender su libertad y la de todas aquellas que temen imponerse a los que se creen en el derecho de gobernar no solo un país si no la vida de sus habitantes. Mujeres -y también algunos hombres- que salieron a la calle gritando «¡basta!» y a las que apenas hemos hecho caso. Personas que cada día se tienen que cuidar muy mucho de la «policía de la moralidad» cuyo deber es el de «vigilar la virtud y prevenir el vicio» -curiosamente una vigilancia que suele ser más intensa sobre las mujeres.»
Esta misma semana en el programa Hoy por Hoy de la Cadena Ser, Angels Barceló se refirió a estas protestas y al hecho de que por estar a miles de kilómetros no debemos olvidar que su lucha «también va con nosotras». Una reflexión necesaria, para aplicar no sólo a este ámbito si no a cualquiera que atente contra los derechos humanos, contra las libertades de las que podemos disfrutar gracia a la lucha de mujeres como las iraníes ahora, y de tantos otros y otras antaño, podemos disfrutar sin problema en este momento, la mayoría.
Pero como también nos recuerda la periodista catalana, también va con nosotros, lo que este domingo determinen las urnas en Italia. Porque si la ultraderecha gana, si la candidata Meloni llega al poder arropada por la derecha, habrá dado un paso más en las instituciones donde legitimados por ese poder -que no se puede discutir- podrán hacer y deshacer a su antojo.
Y claro que va con nosotros porque se volverá a hablar de abolir el aborto; de reducir los derechos de las mujeres -simplemente basta echar un vistazo a las «lindezas» que el socio del PP (VOX) en Castilla y León ha dicho al respecto-; la homosexualidad será de nuevo juzgada y perseguida; y los inmigrantes, todos aquellos de otra raza -aun siendo españoles- serán vistos como ciudadanos de tercera clase porque de segunda seremos todos los que sigamos cantando a la libertad como han hecho muchas y muchos durante años. Todo aquellos que creemos en el progreso, en la libertad de expresión, los derechos humanos y en la igualdad como las mejores armas para hacer realmente moderna una sociedad.
Se me ocurren muchos temas que traer aquí para defender nuestra libertad y que se han plasmado en una partitura. Podría acabar con el famoso «Bella Ciao», pero me quedo con un tema maravilloso que demostró que un pueblo puede unirse contra un dictador y romper el yugo impuesto. Lo dicho ojo a Italia porque sí va con nosotr@s.