«Quiero morir porque la vida para mí en este estado no es digna. Una vida que elimina la libertad tampoco es vida.» Esta es la respuesta que Ramón Sampedro en la película Mar Adentro da a la abogada que defenderá su caso. Javier Bardem se metió en la piel de este tetrapléjico que muchos recordamos y que fue la primera persona en nuestro país en pedir el suicidio asistido, la eutanasia ante los tribunales. Defendía su derecho a elegir sobre su vida, sobre su cuerpo que permanecía totalmente paralizado desde hacía más de 30 años, tras una fatídica caída al saltar al mar un día de playa.

Una historia que muchos recordamos haber visto en directo en la televisión, en los diarios y que después universalizó Alejandro Amenábar en una gran película como la de Mar Adentro, en la que no sólo recogía la historia de Ramón Sampedro, si no que iba más allá, ponía el foco sobre una de esas cuestiones que con solo mencionarla genera polémica: la eutanasia. Un debate que siempre ha estado ahí, un derecho que muchas asociaciones defensoras de una muerte digna han defendido durante años.
Lo intentó por la vía legal con el fin de que a quienes le prestaran sus manos, para poder acabar con su vida, no fueran juzgados, no fueran condenados por un delito. La ley le dio la espalda pero once amigos, le facilitaron todo lo que necesitaba para poder ingerir cianuro y acabar son su sufrimiento, liberarlo de la cárcel en la que se había convertido su cuerpo (tal y como explicó en un vídeo él mismo). Seguro que le gustaría saber que su lucha, y la de muchos otros a los que mencionaré aquí -y a los que no- sirvió para algo, porque abrió un camino que nunca se cerró y que llegó a su meta el pasado 18 de marzo de 2021 cuando con 202 votos a favor, 141 en contra y 2 abstenciones se aprobó la ley que legaliza la eutanasia en España: la ley orgánica 3/2021 de 24 de marzo de regulación de la eutanasia.
Y una vez más en este país de doble moral, donde los valores seculares y validados como los únicos correctos -cuando nos interesa- surge la polémica, los insultos para todos aquellos que celebran que España se haya convertido en el sexto país del mundo en el que se regula la muerte asistida. Un país en el que se «demoniza» la aprobación de un derecho social, la ampliación de los derechos para su sociedad a la hora de elegir libremente.

Porque al fin y al cabo, guste o no, hemos ganado como país al sumar un derecho más para su ciudadanía, una ley que puede evitar el sufrimiento innecesario y que establece las garantías para cumplir la voluntad de aquellos que sufren, o viven situaciones en las que su dignidad como personas, su ser en sí mismo, se ven vulnerados sin que puedan hacer nada, sin tener si quiera la posibilidad de ejercer su voluntad sobre su futuro. ¿Qué es más egoísta, no querer despedirte de un ser querido y mantenerlo junto a ti al precio que sea o dejarlo ir, sin sufrimiento atendiendo a sus deseos?
Nos echamos las manos a la cabeza cuando aparecen leyes en las que parece que se pone en tela de juicio principios que, por instaurados desde hace siglos en creencias religiosas, parecen intocables. Y no cuesta nada llamar asesinos a quienes apoyan estas iniciativas, eso sí, siempre sin detenernos si quiera a leer el contenido del texto aprobado, sin saber cómo se aplicará y con qué criterios. O con argumentos peregrinos que desde el ejercicio de su libertad -esa que no respetan para otros- son capaces de argumentar representantes políticos para votar en contra, asegurando que sólo se trata de recortar en gasto social (todo vale):
Seamos sinceros, ¿ alguien cree que llegar a la conclusión de declarar «cuando pierda mi dignidad, cuando no sea yo, no quiero seguir viviendo» se puede tomar a la ligera? Personalmente yo no lo creo. Es más, si nos preguntan a cualquiera de nosotras ¿ cómo quieres morir?, todos responderemos lo mismo: sin darme cuenta, sin sufrir. ¿Cómo querrías que fuera la muerte de tus seres queridos? Sin dolor, sin sufrimiento, tranquila…
Ramón Sampedro fue el primero pero ha habido más y algunos de ellos se fueron también entre sufrimiento porque, a pesar de haberlo pedido, no lograron que la ley que impulsaron con recogida de firmas llegase a tiempo. Es el caso de Luis de Marcos, quien llegó a presentar más de 100.000 firmas reclamando la regulación de la eutanasia. Enfermo de esclerósis múltiple llegó a señalar que «las leyes le sometían a un ensañamiento cruel».La familia de Maribel Tallaetxe, sus hijos, continuaron la lucha de Luis de Marcos porque su madre, enferma de alzheimer, les dijo «me tenéis que ayudar a marchar».

Celebraron la aprobación de la ley de eutanasia sin poder cumplir la palabra dada a su madre, pero sin cejar en su lucha que sumaron a la de Ángel Hernández que en el 2019, con dolor pero con todo el amor del mundo hacia su pareja decide ayudarla a morir y lo hace públicamente para sacar a la luz una demanda histórica, la reclamación del derecho a decidir sobre uno mismo, un derecho que, por fin, se ha regulado para que nadie tenga que pagar judicialmente por evitar un sufrimiento y dolor innecesarios a una persona. Cada uno es libre de ser fiel a sus creencias, pero también de respetar las del resto, algo que la doble moralidad instaurada en una sociedad en la que las «normas de comportamiento» se establecieron para mantener un orden que les compensa a unos pocos (aunque empiezan a parecer demasiados).
Y Ángel Hernández y su pareja María José Carrasco se convirtieron de nuevo en ese Ramón Sampedro que se dio a conocer por presentar ante la justicia su demanda reclamando el derecho de morir dignamente. En este caso lo hicieron poniendo rostro a quien puso las manos y ayudó a su pareja de vida a cumplir su última voluntad: dejar de sufrir en el cuerpo de alguien que ya no era ella. Fue la misma María José la que le pidió que llegado el momento la ayduara a poner fin a su sufrimiento, eso sí lo hizo sabiendo que «con la ley aprobada habríamos tenido más tranquilidad», no se hubiera tenido que despedir de él María José con el temor de las consecuencias legales recaerían sobre su compañero por ayudarla a cumplir su voluntad.

Fue detenido y está pendiente de juicio, nada más y nada menos, que en un juzgado de violencia de género, como si de un maltratador se tratara, la persona que durante varias décadas estuvo al lado de su compañera, viendo cómo se atrofiaba, se apagaba, cómo toda si independencia y capacidades se iban mermando y pronto Ángel se iba convirtiendo en ella, en sus manos, sus piernas, su todo. La inexistencia de una ley que regulase el suicidio asistido ha conseguido convertir lo que es un gesto de amor enorme, en un delito por el que responder ante la ley.
Vuelvo al principio. Debemos como sociedad alegrarnos que se regule y amplie un derecho para la ciudadanía. Debemos como sociedad leer las leyes, entenderlas antes de opinar, criticar o señalar a quienes usan un derecho ejerciendo su capacidad de libre elección. Debemos como sociedad no juzgar la que sin duda debe ser la decisión más dura que nadie puede pedir a quien ama, y más dura y dolorosa para quien se despide de quien quiere.
Dejemos a un lado la doble moral -o la impuesta secularmente-, y detengámonos a pensar un rato y sinceramente en alguien querido: ¿nos gustaría verlo sufrir hasta el final, después de agotadas todas las vías posibles para ayudarlo, para que siga viviendo dignamente? ¿Cuántas veces hemos comentado: yo cuando llegue el momento sólo espero que sea tranquilo, que no me dé cuenta, no sufrir…?
Lo dicho, un derecho más. Sin duda, no me gustaría encontrarme en esa tesitura nunca, pero si llega el momento me gusta saber que tendré la libertad de poder elegir sobre mi cuerpo y mi vida hasta el final.