¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? Arranco con esta pregunta, cuando para muchos en estos momentos es una afirmación rotunda y, en mi opinión, peligrosa. Mirar hacia adelante, sin olvidar lo que dejamos atrás, creo que siempre nos ayuda a progresar, a desechar todo aquello que se demostró erróneo y un freno para avanzar como sociedades democráticas, en las que una de sus señas de identidad -al menos eso se supone- es la libertad de expresión. Sí, esa que recuperamos tras una dictadura de más de 40 años hace casi otros tantos años…. ¿o no?
Hablemos de televisión. El detonante para elegir este tema fue el programa de Julia en la Onda donde @borjateran nos hablaba de la serie «Veneno» y de lo mucho que está ayudando a entender a ese personaje a abordar el tema de la transexualidad https://bit.ly/2SZBDoc, un juguete roto de la televisión del momento. Durante esta sección hizo referencia a una serie que, dada mi edad, recuerdo perfectamente «Tristeza de amor» (un tema inolvidable cantado por Hilario Camacho) en la que a través de un programa de radio -medio estrella hasta la llegada de la TV y mágico donde los haya- se abordaban temas como la transexualidad… ¡en el año 1984! Y no pasaba nada, la realidad del momento se abordaba con una naturalidad que ahora en pleno siglo XXI y 36 años después encuentra todo tipo de trabas y manifestaciones -verbales y a pie de calle- en contra.
En mis años de universidad nos decían que los medios de comunicación, la televisión, tenían como función «informar, formar y entretener» y, curiosamente, hace dos décadas sí cumplía esos criterios. Tras años de censura en la que directores de cine o de televisión eran perseguidos y «apuntados» en la lista negra de la Junta de Superior de Censura Cinematográfica o tenían que ajustarse a las estrictas reglas de la censura que imponía el Ministerio de Información y Turismo, la televisión de la transición y la década de los 80 y parte de los 90 despertó del letargo al que se vio sometida.

Atrás quedaban los viajes a Perpiñán para poder ver «El último Tango a París» (ojo en el año 1972) o los doblajes medidos y controlados -como la tela de los vestidos o faldas que vestían las artistas en el escenario-, la censura de contenidos que atentaran contra «la patria, la religión o la familia». Casi un hito histórico fue el primer desnudo que se pudo ver en la televisión protagonizado por María José Cantudo en la película La Trastienda. (aunque, paradójicamente un pezón sea motivo de censura en las redes sociales hoy en día).
Fueron años fructíferos en programas divulgativos en los que la cultura era protagonista. Espacios dedicados a la música como Aplauso o Popgrama; grandes series como Mis terrores favoritos; las dedicadas a obras de autores del siglo XIX y XX como los Gozos y las Sombras, Juanita, la Larga, Cañas y Barro…; al teatro con Estudio 1; o, «Anillos de Oro», donde una pareja de abogados abordaban casos de divorcio – la serie se emitió pocos meses después de aprobarse legalmente esta posibilidad- adulterio, aborto o transexualidad…
Programas que pensaban en los más pequeños pero tratándolos como adultos a los que entretener pero también formar como fue «La bola de Cristal», que se emitió los sábados por la mañana entre 1984 y 1988. Con una audiencia que llegó a los 5.000.000 de espectadores marcó más de una generación con sus dibujos animados, series, música del momento, y crítica política, así como entrevistas a personajes literarios en su famoso «Librovisor». Una bola de cristal e influencia televisiva que pronto fueron vistas desde las esferas políticas como amenaza y que lograron apagar «matando a la bruja Avería».https://bit.ly/3j3lN6z.
La censura que habíamos dejado atrás empezaba a sacar sus patitas de nuevo para acechar a la televisión pública, históricamente sujeta a los vaivenes y caprichos políticos -lo mismo ocurre en este momento con medios públicos y privados al servicio de intereses múltiples-. Entonces solo era una sombra que no nos impedía disfrutar de programas de debate como La Clave -lo siento mucho, a años luz de las tertulias actuales- en los que se abordaban cuestiones que preocupaban y generaban debate entre la sociedad. El propio presentador y creador del programa, Jose Luis Balbín reconocía este año en una entrevista que «en la Transición había más libertad para ejercer el periodismo» https://bit.ly/2FwbIBe.
¿Comparto esa opinión? Como espectadora, oyente, profesional de los medios y ciudadana, me temo que sí. Que en pleno siglo XXI vivimos «malos tiempos para la lírica» como cantaba Golpes Bajos en plena movida de los 80. Porque nuestra libertad de expresión es cada vez menor, porque la censura existe, está a nuestro alrededor. Recurramos a un paralelismo: en 1979, muerto el dictador, Pilar Miró estrenó el Crimen de Cuenca, la película fue secuestrada y la directora juzgada porque la Guardia Civil entendió que no salía bien parada en el largometraje. En febrero de 2018 la justicia mantuvo secuestrado el libro Fariña de @NachoCarretero porque hablaba de narcotráfico en Galicia, de conocidos capos de la droga gallega… no, porque un político, el ex alcalde de O Grove José Alfredo Bea Gondar así lo pidió a la justicia, en un intento de que no se pudiera vender. Y, una vez más la sociedad buscó la forma de «burlar esa censura impuesta» y las prohibiciones judiciales.

¿Una coincidencia? Podría ser, pero volviendo a la pregunta del inicio (¿cualquier tiempo pasado fue mejor?) me temo que no podemos hablar de coincidencias y menos ante la creciente presencia de ideologías que parecían desaparecidas en nuestro país y que simplemente estaban «dormidas y silentes» a la espera de un momento idóneo para recuperar posiciones. Las últimas crisis económicas , y sociales han sido su caldo de cultivo, la llave que ha abierto las puertas a la extrema derecha en muchos parlamentos europeos y también aquí en España, donde no parecen encontrar freno si no más bien aliados en las bancadas del Congreso y en la sociedad.
Millones de personas que defienden su derecho a expresarse libremente a costa de amordazar el de los demás. Porque son cada vez más los que consideran que un pensamiento diverso, plural, diferente es peligroso. Que salirse del redil, de lo «políticamente correcto» -y establecido como tal por poderes establecidos hace siglos- no tiene cabida en un país que, tristemente, va dando pasos acelerados hacia tiempos pasados.
Aquellos en los que meterse con «la iglesia, la familia o la monarquía» era perseguido. En los que el control de la televisión y -ya de nuevo en el presente- los medios de comunicación, en general, se ha convertido en la mejor arma en sus manos, un altavoz de sus mensajes. Medios que se han rendido al espectáculo y empresas que buscan la rentabilidad ante todo. Todos ganan, y si para ello, hay que «adormecer a la población» y por qué no, censurarla… todo vale.
¿Soy exagerada? Volvamos a los paralelismos: Febrero de 2018, la obra del artista Santiago Sierra «Presos políticos en la España Contemporánea» es retirada de ARCO por la organización, la primera vez en sus más de 36 años de historia; julio de 2017, la revista El Jueves es secuestrada porque en su portada aparecen los actuales reyes de España, entonces herederos, practicando sexo; octubre de 2019, las responsables de la performance «Coños insumisos» ante la justicia por delito contra el sentimiento religioso; la misma acusación por la que tuvieron responder ante el juez @DaniMateoAgain y Gran Wyoming, denunciados por la Asociación del Valle de los Caídos; diciembre 2018 de nuevo los dos presentadores se enfrentan a una denuncia por incitar al odio y a la hostilidad, por una parodia con el general Francisco Franco como protagonista; por no olvidar la demonización y persecución a las camisetas y lazos amarillos en Cataluña hace unos años…
Solo algunos ejemplos de la censura que se aplica en los medios de comunicación pero también contra esa parte de la sociedad que quiere avanzar y defender, desde la libertad y el respeto -que no practican quienes censuran- sus ideas. Y así los contenidos televisivos se vacían de contenidos, las tertulias son casi monocolor en la mayor parte de los casos -en los que los tertulianos se intercambian entre cadenas de televisión y radio-, todo nos dirige a la «nueva forma de ver la tele», las plataformas digitales con contenidos a la carta dejando muy lejos esa premisa que se esperaba de la televisión que era la de «informar, entretener y formar».
La libertad de expresión está en peligro. La libertad de expresión, una frase que se queda hueca de contenido en un momento en el que gobiernos aprueban «el pin parental» para controlar los contenidos que se imparten en el colegio y evitar aquellos contenidos que pueden ser «intrusivos para la conciencia y la intensidad de los menores»; o donde se señala con el dedo al movimiento 8M como el gran enemigo y casi causante de una pandemia mundial (https://bit.ly/2FBjkmb) contando para ello con la colaboración -voluntaria o involuntaria- de la televisión, la radio, la prensa… y todos aquellos que piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor.
Llamadme rara, pero si eso es lo que se quiere recuperar… NO, CUALQUIER TIEMPO PASADO NO ES MEJOR.