Spotlight fue premiada como la mejor película del año en los Oscar del año 2015. Recuerdo cuando me asomé a ella que me fascinó lo que me descubría por lo mucho que tiene que ver con mi profesión. La película muestra al espectador el nombre de una sección del periódico Boston Globe centrada en la investigación. Periodistas que tiraban de un hilo para poder descubrir aquello que muchos o muchas preferían mantener en las cloacas, tapado.

Periodismo de investigación, como por ejemplo, acercándonos a la actualidad más reciente el que realiza el conglomerado mundial de periodistas que han destapado recientemente los Papeles de Pandora, no hace tanto los de Panamá y otros tantos. Un periodismo en el que se cuidan los detalles, como creo que supo hacer el director y el elenco de actores de la película Spotlight en la que con un ritmo lento -el mismo con el que deciden no publicar sin antes tener todo atado- nos descubre el valor de un periodismo valiente que no teme destapar un escándalo relacionado con la iglesia.
Y sin duda estos días me ha vuelto a la memoria tras conocer el resultado de la investigación encargada por el clero francés sobre los abusos sexuales a menores en su seno. Escalofriantes cifras: 216.000 víctimas y al menos 300 sacerdotes acusados. Un secreto a voces, al que en este caso le han querido dar luz con una investigación independiente.
Eso mismo hicieron los periodistas del Boston Globe, tirar del hilo y no soltarlo hasta descubrir el mayor escándalo de pedofilia dentro de la iglesia estadounidense; no lo soltaron hasta poder descubrir -y confirmar- los nombres de los implicados en la Archidiócesis de Boston en 2004, una investigación que concluyó que entre 1950 y 2002, 10.667 personas fueron víctimas de abusos sexuales por parte del clero, de los que 4.392 fueron denunciados. Condenados 252 y encarcelados 100.

Porque con la Iglesia hemos topado y con el manto con el que durante años y años han querido ocultar, callar o simplemente ignorar lo que demasiados sabían. En la película queda claro que era así, y que si se sabía o salía a la luz no se denunciaba simplemente una vez descubierto, el problema se trasladaba a otra diócesis. O bien, se desprestigiaba a la víctima o bien se les pagaba por su silencio. Niños y niñas que crecieron con ese trauma originado por quienes supuestamente representan los valores y el bien en el que debían creer.
Escribo desde el respeto a la creencia de cada uno, incluso a la Iglesia, sin querer faltar a nadie. Yo misma fue criada y educada en esas creencias pero el paso del tiempo me lleva a pensar que no es lógico, no es posible que sigan mirando hacia otro lado. En Estados Unidos un periódico destapó el escándalo y desde ahí han ido surgiendo más y más casos en Australia, Irlanda, Bélgica, Alemania, y ahora Francia.
¿Y España? Aquí también se han alzado voces y han salido, hasta donde se conoce, a la luz 358 casos con 909 víctimas. La Conferencia Episcopal Española no considera que sea una cuestión a valorar o incluso a investigar, se niegan a hacerlo a pesar de que a través de los medios de comunicación que no se rinden al poder que sigue teniendo la Iglesia en España nos descubren noticias como que la Compañía de Jesús exige un pacto de confidencialidad a las víctimas para negociar compensaciones, conocemos casos prescritos, o delitos que aunque se descubran no se llevan a los tribunales.

No, no es justo. Quien la hace la paga, o la justicia es igual para todos…¿seguro? Es la Iglesia la que nos pide que confesemos nuestros pecados… ¿acaso no ven que utilizar la autoridad que ostentan para abusar de un menor es algo que merece un castigo que no se quede en lo divino, en un remordimiento o el arrepentimiento? Parece que no, y que esos valores tradicionales y arcaicos con los que han venido durante siglos imponiendo su credo, se quieren mantener intactos, ajenos a las leyes de la tierra y no, no puede ser. Un delito es un delito. Un abuso es un abuso y no se pueden hacer distinciones.
Por ello he vuelto a pensar en Spothlig o en el libro «O meu nome é ninguén» de Manuel Esteban, que abordan (entre otros) esta cuestión sin tapujos, sin miedos, como debe ser. Y esta semana me ha alegrado mucho saber que el Premio Nobel de la Paz se ha otorgado a dos periodistas María Ressa y Dmitri Murátov por denunciar los abusos de poder en Filipinas y Rusia, por su «lucha valiente por defender los derechos humanos y la libertad de expresión». Por defender, podría decir yo, lo que otros prefieren callar por no mover las bases tradicionales sobre las que viven cómodos y cómodas.
Mi agradecimiento a esos periodistas que, sí quiero pensar me representan, y que como el jurado de los premiados con el Nobel ejercen «un periodismo libre, independiente y basado en hechos, que sirve para proteger contra el abuso de los poderes, la mentira y la propaganda de la guerra». Periodistas que no tienen problema de poner fin a «secretos a voces».
