La primera noche de pijamas; el primer amor; ese primer beso; la universidad; las risas; las penas; las despedidas…todo ello forman parte de mi vida. Siempre he pensado que los recuerdos son fundamentales, son esos pequeños fragmentos de nuestro día a día que vamos sumando y que van dando forma a lo que somos, a lo que llegaremos a ser. Soy una gran amante de las fotografías, de esas imágenes fijas que captan un momento determinado, ese instante que en cuanto la tienes en las manos regresa vivo y fresco a tu mente generando una sonrisa, un pellizco en el estómago, una evocación a tu pasado… los recuerdos.
Hace apenas una semana las redes sociales se volvía a llenar de un recuerdo, el de trece jóvenes, que en su momento apenas tenían algo más de 20 años la mayor, que iniciaban su vida. Lo hacían con la ilusión de luchar en lo que creían, por defender la libertad de expresar sin cortapisas lo que pensaban. Algunas ya tenían novio y soñaban con su futuro -incierto dadas las circunstancias de vivirlo al final de una guerra civil-, otras apenas empezaban a descubrir la vida, mientras estaban aquellas que se enfrentaban a amores prohibidos o dificultades por encontrar un trabajo para mantener a la familia por «pensar diferente», perdón, por «rojas» o ir en contra de los golpistas que ganaron la contienda. Muchachas, mujeres que también tenían recuerdos, que empezaban a acumularlos con ilusión pero se truncaron, se los truncaron ante un muro de un cementerio a golpe de fusil.

Sí, hablo de las 13 rosas, cuya historia conocí -reconozco no hace tantísimos años- y que se refleja en la película que hoy servirá de guía para mi blog. Precisamente bajo ese título «Las 13 rosas» Emilio Martínez-Lázaro recogió la historia de esta 13 chicas, no dejó que sus recuerdos, que forman parte implícita de cualquiera de nosotros y nosotras -los que vinimos después- se quedaran en el olvido. Una película que recomiendo ver y que, al fin y al cabo, solo recoge eso: «recuerdos», los que sumados uno detrás de otro forman la memoria de una vida, y en este caso podríamos decir que suman a la memoria colectiva como sociedad que somos.
No entraré en un tema sobre el que ya me he manifestado en reiteradas ocasiones y con ejemplos de literatura, música o cine que reiteran la necesidad de no olvidar, de mantener viva la memoria histórica. Simplemente me centraré de nuevo en esos recuerdos de los que hablaba al principio… buenos o malos, alguno de nosotras o nosotros ¿renegamos de ellos? ¿Acaso los relegamos a una «cuneta» o decimos que es mejor negarlos? Ahí están, aprendemos de ellos si nos hemos equivocado o nos avergüenzan y los rememoramos con nostalgia cuando son inolvidables. De una forma u otra es nuestro pasado y no, no podemos negarlos.
Entonces ¿por qué ese empeño de negar la historia? Hechos reales y probados que forman parte de los recuerdos tristes, dolorosos y llenos de dolor para muchos. No lo entiendo ni lo entenderé nunca -me niego a hacerlo-, por eso creo que es necesario seguir rememorando año tras año estos aniversarios, y recordar la vida de estas mujeres y la historia de aquellas y aquellos que como las «13 rosas», trece chicas que estaban empezando a vivir, fueron víctimas de una guerra civil, que pasó y está ahí; que no podemos permitir que se esconda en los currícula educativos o, simplemente se sigan confundiendo culpables con víctimas. Recuerdos de los que aprender, historia que recordar y superar, como han hecho muchos otros países, como por ejemplo Alemania. No hacerlo es permitir que se abra una brecha que cada vez es mayor y que sólo nos llevará a repetir situaciones que jamás deberían volver a ocurrir, máxime cuando presumimos de ser una sociedad democrática y libre.

Sí, hay que recordar a las 13 rosas y recomiendo ver esta película por lo que entraña de «recuerdo social» así como lo mucho que hay detrás y se puede ver tras cada historia si leemos entre líneas. Esta película nos descubre también el lado femenino de la guerra, de la dictadura y la transición. Las mujeres que también lucharon por lograr no sólo que sus derechos fueran de una vez por todas reconocidos en igualdad de condiciones a los aceptados con naturalidad para los hombres, si no que iban más allá. No, no sólo fueron las enfermeras que atendieron a los soldados que estaban en el frente, claro que no… no solo cuidaban, también luchaban y defendían lo que consideraban justo. Sufrieron torturas, durmieron hacinadas, se sometieron a las normas… ellas estaban ahí, ellas forman parte de la historia y ayudaron a darle forma.


Mujeres que son protagonistas y de las que deja testimonio esta película y dos novelas que ahora vienen a mi mente y que en su momento me pusieron ante la pista de estas luchadoras anónimas, unas entre tantas, de este pasado que no debemos olvidar, pero tampoco permitir que se cierre en falso, que se quiera mantener en un limbo aquellos recuerdos que a muchos les resultan molestos. Novelas que pasaron a formar parte de esos libros que siempre es bueno tener en nuestras estanterías. Me refiero a «Un largo silencio» de Ángeles Caso y la maravillosa novela de Dulce Chacón, «La Voz dormida» de la que se hizo una bellísima y conmovedora adaptación cinematográfica de Benito Zambrano.
Ellas son nuestro pasado, y no, no podemos ni debemos negarlo. Son nuestro recuerdo histórico, si me permitís decirlo, y los recuerdos nos gusten o no están ahí y no se pueden enterrar, forman parte de nosotros y de ellos aprendemos. Así que recordemos sin miedo.