Pasa en otro lado

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María Jesús Argibay

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marzo 20, 2022

Pasa en otro lado

Refugiados ucranianos huyendo del país. FABRIZIO BENSCH

Podríamos hablar de números. De los más de 2 millones de personas que han abandonado sus hogares y recorrido kilómetros y kilómetros en pleno invierno; de los miles de muertos civiles y militares que, oficialmente, tenemos que creer que son las cifras reales de fallecidos -y no una consecuencia más de la guerra de desinformación de los conflictos bélicos-; cientos de edificios destrozados; y, cientos de bombardeos. Podemos oír las sirenas antiaéreas, ver los refugios, las personas hacinadas en centros comerciales para pasar la noche pero… todo eso pasará. Todo terminará olvidándose cuando llega una desgracia mayor.

Pero quizá deberíamos plantearnos lo increíble e impensable que resulta saber que se está informando de una invasión, de una guerra en el siglo XXI, en la que los civiles, como suele ocurrir siempre, esos que quieren vivir su día a día con tranquilidad y con sus cosas buenas o malas, se convierten en las piezas del tablero de dirigentes que van dando pasos y tomando decisiones según los intereses económicos, personales o geopolíticos e individuales que buscan, moviendo esas «piezas» sin la más mínima consideración hasta conseguir lo que quieren, caiga quien caiga.

En medio imágenes, escenas e historias que solo recordarán sus protagonistas porque como en una de las películas que hoy me sirve de base para esta reflexiones «las guerras pasan en otro lado». Así lo recuerda su protagonista Hana, víctima de la guerra de Yugoslavia, una guerra que durante más de diez años enfrentó a bosnios, serbios y croatas, principalmente, en la lucha por la independencia de territorios dando lugar a una limpieza racial, que se saldó con más de 200.000 muertes y 2,7 millones de desplazados. Entonces nos pareció horrible, nos parecía también increíble que estuviera pasando eso aquí en Europa, tan cerca… pero, a pesar de que duró 10 años, la olvidamos.

La vida secreta de las palabras nos muestra eso precisamente, la secuelas de la guerra, el sufrimiento que queda tras esas noticias e imágenes que nos llegan en cada informativo, en cada periódico. Nos enseña la facilidad y lo efímero que puede ser algo hoy en día, sobre todo cuando queda lejos y pasan el tiempo, al menos para quienes no lo viven en primera persona. Nos deja ver -o al menos hace pensar- la desesperación, terror, tristeza y marcas -físicas y mentales- que una guerra -ojo en la última década del siglo XX- generó.

Crímenes contra la humanidad cometidos en este caso, el de Yugoslavia, enarbolando la bandera de la identidad y sangre de los pueblos: serbios (mayoría católicos), croatas (ortodoxos) y su supuesta superioridad sobre los bosnios, mayoritariamente musulmanes. Una guerra, como la que estamos viviendo estos días, que se retransmitió en directo y que vivimos con horror, comprobando como miles de personas, millones de ellas adquirían el status de refugiadas, huyendo como podían hacia campos seguros donde los Cascos Azules debían protegerlos, profesionales militares que no en todas las ocasiones lo conseguían o quizá no siempre estaban a la altura.

Una visión de la guerra que también se refleja en Quo vadis, Aida?, la historia de una intérprete durante el conflicto de los Balcanes, una mujer y su familia en las horas y días posteriores a la toma de Srebrenica, otra visión de lo que entonces nos llegaba desde un país europeo, como ahora pasa con Ucrania, a través de la televisión, la radio y los periódicos. En la que la OTAN y los países democráticos -ante temores ajenos a las vidas humanas- se mantuvieron prácticamente al margen, dando refugio a los 20.000 desplazados tras la toma de la ciudad, pero abandonándolos a su suerte en el momento final, ante posibles consecuencias peores.

Asomarnos a estas películas nos permitirá recordar la que era -hasta el 24 de febrero- la última guerra en Europa y darnos cuenta de que pronto, cuando se supere esto -lamentablemente después de muertes, destrucción y consecuencias directas en la economía de la ciudadanía de a pie, nunca de los más ricos que están detrás- la invasión de Ucrania por el capricho de Putin un autócrata al que, por cierto, han apoyado en muchas, muchísimas ocasiones quienes ahora se ven obligados a buscar soluciones, poner sanciones y negociar salidas en las que las vidas humanas, los corredores humanitarios, el alto al fuego, o, los derechos humanos no serán las fichas que se pongan sobre la mesa a intercambiar.

A mí, personalmente me resulta cada día más duro enfrentarme a las noticias, escuchar como habitual la frase «actualizamos la última hora de la guerra» y más pena me da saber que no, que no aprenderemos nada porque seguiremos pensando que «las guerras pasan en otro lado». Claro que no, que no será la última que vivamos o se registre -ojalá- y vuelva a despertar nuestras conciencias y demostrarnos que sí que la solidaridad existe -aunque sea durante unas semanas o meses-.

Refugiados abandonando Srebrenica en el conflicto de Yugoslavia. Imágenes que vivimos de nuevo treinta años después.

Son cientos y cientos las personas dispuesta a ayudar en la media de lo posible y dentro de sus posibilidades, abriendo una pequeña ventana a la esperanza de que algo puede cambiar pero… no, me temo que no. Prueba de ello es el hecho de que nadie -o casi nadie si excluimos a Vox- ha protestado por el hecho de que los refugiados polacos tengan el visado de humanidad, que tengan acceso sin problema a cualquier país. Bravo, claro que sí, pero… ¿y el resto de refugiados, de migrantes que arriesgan sus vidas escapando de conflictos, del hambre, de persecuciones políticas?

Camerún, Yemen, Palestina e Israel, Sáhara Occidental, Sahel, Afganistán, República Centro Africana, Siria, Mozambique o Etiopía son algunos de los países o zonas del mundo en las que hay conflictos activos, lugares en los que los derechos humanos son pisoteados y en los que los desplazados se cuentan por cientos de miles, personas con vidas que tienen tanto valor como las personas que huyen de Ucrania estos últimos 20 días, que abandonan su hogar con la misma tristeza que las ucranianas y ucranianos buscando refugio y una vida mejor.

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Pero hay cosas que no cambian y en las guerras y conflictos bélicos también hay ciudadanos de primera o de segunda. Seguimos sin aprender nada.

¿Hablaamos? Te espero