Cierto es que en ocasiones la proximidad de determinadas fechas o celebraciones, y más en este caso cuando lo que se recuerdan son víctimas mortales, condiciona el contenido de este blog. En él, como comento en mi declaración de intenciones, quiero acercarme a la cultura, acercar aquellas películas, libros o canciones que me han hecho pensar o sentir en determinado momento. Cultura -en cualquiera de sus manifestaciones- que «tiene el reto de remover conciencias», citando a la escritora Inma López Silva durante una conferencia sobre su maravillosa novela «EL libro de la hija».
Y quizá por eso, inconsciente o conscientemente, el 25 N, el Día Internacional para la Eliminación contra la Violenca a la Mujer me ha hecho recordar muchas de esas canciones, novelas y largometrajes que han abordado el tema. Hay muchas, sin duda, o no tantas como debiera haber. Pero la primera vez que la vi, en el año 2003, se me quedó grabada, por sus escenas en la que plasmaba el miedo de la mujer a su pareja, la imposibilidad de reaccionar, la lucha interna entre lo que cree que debe ser y lo que sabe que no debe consentir.

«Necesito verme, hace tiempo que no me veo…» asegura Pilar, la protagonista de «Te doy mis ojos», la película en la que Iciar Bollaín llevó a la gran pantalla la violencia de género, la violencia machista. Una película en que solo los gestos, las miradas, «marcharse de casa en zapatillas» o la rigidez de un cuerpo cuando siente tras el suyo a su marido son suficientes para trasladar al espectador lo horrible que debe ser encontrarse en esa situación, lo solas que se pueden encontrar entre las paredes de un piso, atrapadas en una vida que soñaban iba a ser maravillosa, en unos «valores establecidos» y que se supone que deben cumplir; en una sociedad en la que decir que es una víctima, que la maltratan, tiene que demostrarlo, defendiéndose como si la culpa fuera suya.
Como digo son muchas las películas que de una forma u otra han tratado los malos tratos, la desigualdad de las mujeres -porque sí, digan lo que digan sí existe- frente a los hombres a lo largo de la historia pero la directora de Te doy mis ojos, consiguió sin tener que llegar a exponer la violencia expresa -una bofetada, una patada, arrastrarte por el pelo, una violación- traspasar la pantalla, conseguir hacernos sentir cómo puede ser la vida de una mujer que está atrapada en los malos tratos (o al menos a mí, así lo hizo).
Más teniendo en cuenta que en aquel momento, en el 2003, era cuando se empezaba a alzar la voz – por parte de asociaciones de mujeres, evidentemente- pero en un país como el España en el que los malos tratos siempre habían formado parte de «los secretos de alcoba», donde eran considerados «sucesos» y «crímenes pasionales», hechos propios del ámbito familiar». Una voz que sacó de su letargo la confesión pública en un canal de televisión de Ana Orantes, que no pasó a la historia en 1997 por denunciar públicamente los malos tratos que había sufrido durante 40 años, si no porque 11 días después de pedir ayuda públicamente y denunciar esa violencia reiterada su expareja la asesinó brutalmente.
Un hecho tan violento que nadie pudo mirar para otro lado. Removió conciencias dormidas y «adoctrinadas» por poderes establecidos como la Iglesia, algo empezó a moverse y se empezaron a reclamar medidas concretas, recursos que facilitaran a las mujeres el poder denunciar sin tener que justificarse, un lugar en el que poder refugiarse y no temer por su vida… pero aún tuvieron que pasar unos años para que el PSOE llevara a la cámara la proposición de ley contra la violencia de género (año 2002) que, no pudo salir adelante porque la mayoría del PP lo impidió entonces.
Llegó la Ley orgánica 1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, esta vez sí con el respaldo de todos los partidos, y promovida por el gobierno socialista. Desde entonces hasta ahora han pasado 16 años y se puede decir que algunas cosas han cambiado, pero quizá no tanto como nos gustaría. Porque las mujeres siguen muriendo por ser mujeres ( 41 en los que llevamos de años 1.074 desde el 2003) y porque en la sociedad todavía hay quienes niegan que esto sea una realidad, es más, se han formado gobiernos cuyos socios defienden esta teoría abiertamente y criminalizan a las mujeres, a las feministas que reclaman la igualdad de derechos, la igualdad del 50 por ciento de la población frente al otro, sin ruborizarse ni un poquito.
Titulares como «Vox dinamita el consenso andaluz contra la violencia de género»; «El gobierno andaluz acepta la denominación de violencia intrafamiliar ...» o equipara la muerte de una víctima de género con el suicidio de su asesino, son algunas de las «concesiones» que partidos que se dicen democráticos han aceptado a cambio de su cuota de poder y que, nos demuestra, que los avances logrados tendrán que defenderse con mucha fuerza para no volver atrás, para que las víctimas y sus familias, sus hijos reciban el respeto que merecen por parte de las administraciones que tienen el deber de ayudar y garantizar su protección -algo que no siempre pueden hacer- y que muchos prefieren negar porque peligran años de privilegios patriarcales conquistados que no quieren perder.

¿Hemos avanzado? Sí lo hemos hecho pero quizá no lo suficiente. Queda mucho camino por recorrer en una sociedad donde el pasado año, según datos del Ministerio del Interior, se contabilizaron más de 615.000 casos activos de violencia de género, de los 15.000 eran de alto y extremo riesgo. Una violencia machista, de género que también se lleva por delante la vida de los huérfanos que dejan los asesinos -muchas veces los propios padres que siguen teniendo su derecho de patria potestad-. Niños, niñas, chicos, chicas que han sufrido en sus casas el dolor y los gritos, o simplemente se han topado con esa muerte inesperada y, que como relataba hace un par de años Josua Alonso, hijo Sesé Mateo, asesinada en Redondela en 2017, se sienten abandonados.
Me he centrado en la violencia de género, en los malos tratos pero la violencia contra las mujeres tiene demasiadas expresiones vivas todavía en nuestro día a día. Podríamos hablar de las mutilaciones genitales a las que se ven sometidas miles de mujeres; de los matrimonios concertados en los que se obliga a niñas a casarse con hombres que casi les triplican la edad; el turismo sexual en el que las menores son un bien más preciado; la trata de blancas; los casos de las «manadas» o violaciones grupales que se repiten, o simplemente, las violaciones porque cuesta entender que «SI NO ES SÍ, ES NO». La violencia contra las mujeres existe porque todavía vivimos en un mundo en el que se cree (más bien interesa) que somos inferiores, que el hombre debe protegernos y que puede ejercer su paternalismo y poder sobre nosotras.
Pues NO, ESO NO ES ASÍ. Y quizá por eso esta vez sí me he dejado llevar por la proximidad del 25 N y he recuperado la película «Te doy mis ojos» porque en su día me impactó y creo que nos deja ver la realidad de entonces (hace 17 años) pero también la que vivimos ahora. No nos callemos, no miremos atrás y no permitamos que la violencia de género, la violencia machista se vuelva a «encerrar en las alcobas·».