Reconozco que esta película se convirtió en una de mis favoritas en el mismo momento en el que me percaté qué frágil es la memoria, qué facil nos resulta olvidar. Me senté en el cine a ver «Hotel Ruanda», en el año 2004, una película basada en una historia real de un hotel que se convirtió en un refugio de cientos de personas durante un enfrentamiento bélico. Hasta ahí todo bien. La sucesión de imágenes, el desarrollo del contexto, la guerra de Ruanda, los machetes me hicieron caer en la cuenta de que yo había visto y seguido con dolor, indignación y tristeza esas mismas imágenes en los informativos casi a tiempo real diez años antes.
Todas ellas me asaltaron por sorpresa y al mismo tiempo me avergonzó reconocer qué pronto la sucesión de noticias, conflictos o sucesos sobre los que los medios de comunicación disponen el foco informativo (guiados por intereses de todo tipo) nos hacen volver a nuestra vida diaria, a enterrar esas imágenes de «una guerra», sí en pleno siglo XX (1994), en la que en 100 días acabó con casi un millón de vidas -más de 8000 muertes diarias-. Y «Hotel Ruanda» me hizo pensar en eso entonces y me ha hecho pensar en ello también ahora, como poco después lo haría «La vida secreta de las palabras» de Isabel Coixet que nos trasladaba al conflicto bélico de la antigua Yugoslavia (que fue prácticamente aquí al lado, y también relegado a las hemerotecas).
«No valéis un solo voto, no os van a ayudar» o «las superpotencias en las que tanto crees no intervendrán» son algunas de las frases que recoge esta maravillosa película evidenciando una realidad que se sigue repitiendo una y otra vez: los intereses de las llamadas «naciones desarrolladas» que mantienen vivo o sofocan un conflicto dependiendo de lo que se jueguen en él (petróleo, diamantes, control geopolítico). Y por eso entonces, en el conflicto de Ruanda, países como Bélgica, Estados Unidos, o Francia (que vendió armamento a la población que encabezó el genocidio) se mantuvieron de perfil, frenaron la intervención de la ONU durante meses, o retiraron los Cascos Azules de la zona porque como recoge la película «estaban para prevenir la paz, no para imponerla». https://www.msf.es/actualidad/genocidio-ruanda-20-anos-impunidad-y-estafa.
Podemos pensar que es cosa del pasado, de otro siglo, que nuestras sociedades han madurado, evolucionado. Me temo que no. La película casi dos décadas después sigue muy vigente. Entonces, en Ruanda, 2,5 millones de personas se vieron obligadas a abandonar sus hogares, su país, con lo poco que podían cargar escapando del horror, de venganzas, del hambre… ¿Nos suena, verdad? Yo creo que sí, basta con mirar hacia el Mediterráneo donde cientos de personas siguen perdiendo cada año la vida víctimas de mafias que les prometen una vía de escape en forma de patera. Huyen de conflictos, guerras o persecuciones que les obligan a abandonar su hogar, arriesgando sus vidas para terminar hacinados en campos de refugiados con los que las naciones que deberían acogerlos pretenden lavar su conciencia (si es que la tienen). https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-45331670
Y sí, siguen habiendo guerras y desde hace años todos miran hacia otro lado porque los intereses que defienden en ellas valen más que cualquier vida. A punto de cumplir una década la guerra en Siria sigue plenamente activa. Millares de muertes, un país destrozado y más de 12.000.000 de personas refugiadas o desplazadas. ¿Pero cuánto se habla de este conflicto? ¿Qué ocurre con los ataques a la población civil? ¿Cómo estamos ayudándolos? Quizá si buscamos respuesta deberíamos hacernos las preguntas correctas: ¿Por qué sigue viva esta guerra? ¿Quién gana en este conflicto? ¿Qué tienen que ver en él países como Rusia, Turquía, Estados Unidos o naciones europeas?
Preguntas que podremos trasladar perfectamente a otros muchos conflictos activos en la actualidad en Yemen, Oriente Próximo (Israel y Palestina, Irak y Afganistan) en Senegal, Etiopía, Mali, Nigeria, Sudán del sur… horrores que «consienten» las grandes potencias que anteponen a las vidas humanas sus propios intereses económicos y políticos, que las controlan como el titiritero maneja los hilos de sus marionetas.
Instituciones como la ONU o la Unión Europea con sus Consejos y reuniones que siempre se quedan muy cortas o llegan demasiado tarde. Expertas en lanzar grandes mensajes y debates estériles en los que una y otra vez las grandes potencias tienen la última palabra, el veto que imponen defendiendo estrategias políticas o económicas. Expertas en la doble moral que caracteriza a las sociedades modernas, como se supone que es la nuestra.

Por que sí, porque no interesa decirlo en alto o no nos gusta reconocerlo pero nuestros países (el señor Aznar lo hizo en Irak en contra de la mayoría social) apoyan las guerras, porque más allá de ser un medio para seguir manteniendo la división «interesada y creada» entre potencias desarrollladas y países subdesarrollados o del tercer mundo, son una importante fuente de ingresos. Y la venta de armas es uno de ellos, de hecho es un pilar importante también para Europa «donde Francia, Alemania, Reino Unido, España ( https://bit.ly/3iOMBXU ) e Italia aglutinan el 23% de las exportaciones de armas que se produjeron entre 2015 y 2019, tres puntos porcentuales más que en los cinco años anteriores». https://bit.ly/3dkTPSr.
Por eso recomiendo «Hotel Ruanda» porque entonces nadie intervino porque «no valían ni un solo voto» pero porque es importante reconocer lo fácil que nos resulta mirar hacia otro lado cuando la «guerra no va con nosotros».