Nico y Xulia

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María Jesús Argibay

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enero 27, 2021

Nico y Xulia

A lo largo de la vida, en este caso de la mía, hay libros, películas, temas que te marcan, que se quedan grabados por distintas circunstancias en tus recuerdos, en tu memoria. Por su música, su mensaje, las emociones que despertaron en ti, o simplemente porque han servido de refugio, de escape, de evasión… Y, sin duda, en este inicio de año hay un título que pasará a formar parte de ellas, de las lecturas imprescindibles. Las redes sociales pusieron su título ante mí «Futuro imperfecto» y pensé: ¡Qué título más bonito! Alguien me dijo: «Vaiche encantar, tés que lelo». Y sólo puedo decir gracias por esa recomendación porque su lectura ha sido y es simplemente maravillosa.

Ya formará parte de mi vida la historia de Xulia Alonso y Nicolás Herrero, o «Nico» y su sonrisa de media luna presente no solo en la portada de este libro donde se capta sincera, propia de una juventud plena y dispuesta a comerse el mundo, teniendo en cuenta solo el presente, dejando atrás un pasado y sin un futuro… ese del que como la propia Xulia nos recuerda «ninguén sabe e tampoco debe anticiparse, hai que esperar a que chegue e a que se faga presente para vivilo, resistilo se pesa e gozalo se é livián. O presente sempre é e, se aprende a colocar o futuro no sitio que lle corresponde, no das elucubracións, no territorio dos soños, disponse de máis capacidade para sentir, para saborear o momento con nitidez e en todos o seus matices, eses mínimos que normalmente nos pasan inadvertidos».

Xulia Alonso Díaz

Gracias a Xulia Alonso por compartir su historia, sus vivencias y emociones; su descenso a los infiernos y su ascenso tras llegar hasta el fondo; por hacernos sentir su amor hacia Nico, hacia Lucía; y, emocionarnos con su relato en primera persona, la misma que no quiere olvidar los detalles de una maravillosa e intensa historia vital de dos personas con sueños y miedos, dolor y amor, risas y penas; presente y futuros imperfectos. Gracias por transmitirla de forma sencilla, clara y repleta de verdad. Tanta que resulta imposible no emocionarse, sentir, sonreír, maldecir o sufrir con ella.

Una historia que nos permite conocer de cerca esos estereotipos sociales que siguen ahí y contra los que han luchado – y seguimos haciéndolo- muchas mujeres y hombres de este siglo XXI y que siguen tan arraigados en la mente de demasiada gente; los valores «tradicionales» en los que las mujeres tienen un segundo plano y los hombres se encargan de mantener a la familia. Sí suena rancio, pero tristemente, siguen latentes esperando el momento en el que los muros que se intentan levantar contra ellos, se agrieten y colarse de nuevo por ellos ellos y arraigar fuertemente de nuevo de donde han sido arrancados.

Xulia, una mujer valiente que no quiere que su memoria borre los detalles vividos y nos traslada sus vivencias, esas que nos llevan en el tiempo a un país en el que se acaba prácticamente de estrenar la democracia, en el que la Universidad se convierte en la vía de escape de una joven que «huye» de una familia tradicional, de esas «como Dios manda» y como debía ser: una madre entregada a sus labores, una madre cuyos problemas quedan en segundo o ultimísimo plano y un padre autoritario, el «hombre» de la casa, distante y con casi esa única obligación frente a cualquier otra como la muestra de emociones o sentimientos. Porque así debía ser.

Imagen de ABC.es

De la mano de Xulia y Nico viajamos a la década de los 80 y los 90, una década de cambios, de libertad ansiada y deseada exprimiéndola al máximo. Años de descubrimientos, de sensaciones nuevas, de probarlo todo y vivirlo a tope. La década que ha dejado ya en nuestra historia la llamada «generación perdida», víctima de la droga, de la heroína que enriqueció a unos pocos arruinando la vida de muchos. Esa droga ante la que también, los dos protagonistas de esta novela, se adentraron y perdieron su vida en ella. Las drogas, el narcotráfico que durante muchos años fue un signo de poder para muchos, de riqueza y de impunidad.

Heroína, cocaína, papelinas que se vendían -y se venden- con las que enganchaban vidas y más vidas, y que iban arruinado una generación que como nos recuerda Xulia «era creativa, inqueda, non pasabamos de nada, todo nos incumbía..» y que consumían sin parar, sin poder parar. ¿Por qué fue tan fácil? Nos lo explica meridianamente Xulia : porque «a droga e unha grande industria piramidal. No seu cume están instaladas persoas con nome e apelidos, vampiros, asasinos sen escrúpulos que manexan este lucrativo negocio, coas abondosas ganancias que acaban baleirando petos e vidas mercan o poder…»

Un poder que entonces era inmune, unas décadas en las que los drogadictos eran los malos, terminaban en barrios o descampados totalmente arruinados frente a una sociedad que los repudiaba mientras hacía la vista gorda ante los que les tentaban la primera vez para seguir después teniéndolos a su merced y dominarlos con su propia adicción, llevándolos hasta los mismísmos infiernos como nos relata la propia Xulia. Esos a los que un movimiento de madres señalaron, a los que se enfrentaron y lograron que la justicia decidiera actuar contra ellos, una actuación que ya no tuvo fin hasta la actualidad.

«Ni locas ni terroristas, somos madres muy realistas». Ellas, madres de jóvenes enganchados a la heroína, se enfrentaron a los narcos y los hicieron caer. Una lucha que sigue viva hoy en día.

El narcotráfico y el poder que muchos lograron y siguen manteniendo ejerciendo su «trabajo» desde la misma prisión, las drogas que no han desaparecido y que siguen presentes en nuestra sociedad aunque ya no tan visibles como hace décadas, más interiorizadas y con nuevas formas o sustancias al alcance de aquellos que estén dispustos a sucumbir a su tentación. El narcotráfico sigue activo y se buscan nuevas formas de hacer llegar el producto a su destino, y convertirlo en millones de euros que llenarán, una vez más, los bolsillos de unos pocos.

En noviembre de 2019 fue interceptado el primer narcosubmarino accediendo a la costa gallega

Un mundo que Nico y Xulia conocieron bien y que recupera en este libro de forma abierta desde el primer pico hasta la condición más baja a la que pueden llegar por conseguirlo. Un monstruo del que la fuerza de su amor y la de la familia – que sentía tan lejana- logran hacerles salir, con rehabilitaciones en espacios que poco tienen que ver con los centros de desintoxicación actuales. Unas drogas que se vivían con libertad absoluta sin pensar en ese futuro que en ningún momento se plantearon que podría ser «imperfecto», en el que las drogas consumidas traerían secuelas inesperadas, de las que Xulia y Nico no pudieron escapar.

Fueron los años de incertidumbre ante una nueva enfermedad, desconocida y que se cebaba en los drogadictos y en homosexuales (al menos así se decía). En 1983 se descubrió su existencia y le dio notoriedad el actor Rock Hudson, la primera víctima conocida y reconocida del VIH y del SIDA. Nadie sabía como actuaba y no había medios para frenarla. Miles de muertos en décadas, años de desconocimiento y de miedo ante lo extraño. Miedo que conduce al rechazo de quienes estaban «infectados». Años en los que el SIDA «estendíase imparable e os noticiarios estaban cheos de datos e imaxes aterradoras sobre esa expansión e as súas consecuencias: o rexeitamento social. Tempos de cegueira colectiva. A clandestinidade impúxose de forma directamente proprocional á expansión da enfermidade e ambas asociáronse, con perversidade abafante».

Una situación que inevitablemente nos hace pensar en lo que estemos viviendo en la actualidad, en el último año, y que Xulia -sin ella saberlo- hace diez años cuando publicó su libro profecitaría a lo que se enfrenta actualmente el mundo cuando refiriéndose al VIH recuerda que la «expansión da enfermidade era moito máis rápida que a reacción do sistema sanitario para facerlle fronte. A sala de espera quedou pequena para acoller os pacientes citados a diario e mais os que acudían sen cita ante síntomas novos que aparecían de súpeto…» ¿Os suena? Tristemente sí, claro que nos suena.

Una epidemia que vino unida al rechazo y marginación de quienes la padecían generado por el desconocimiento y el miedo, una epidemia que desde que se declararon los primeros casos de VIH hace más de 35 años, 78 millones de personas han contraído la enfermedad y 35 millones han muerto por enfermedades relacionadas con el sida. La investigación permitió hallar los medicamentos para que muchos de estos enfermos pudieran y puedan convivir con esta enfermedad. Normalizarla, si es que se puede emplear esta palabra. Vivir sujetos a tratamientos y temores, pero al fin y al cabo vivir. Algo que a miles de personas les resultó imposible cuando el VIH-SIDA apareció en el mundo.

Enfermedad que sigue con nosotros con cerca de 1,7 millones de infecciones nuevas en el 2019, más de 690.000 muertes en todo el año, según datos de ONUSIDA, aunque los porcentajes de contagios y mortalidad hayan registrado progresivamente descensos. Epidemia que muchos vivieron como espectadores y que, otros, recordamos como noticias en los informativos o comentarios de nuestros progenitores a modo de advertencia. También estaban jóvenes que lo vivían en primera persona como Nico y Xulia, que a través de su temor, su dolor y esperanza nos trasladan fácilmente de nuevo a aquellas imágenes, situaciones o desconcierto que vivió la sociedad en torno a esa desconocida enfermedad que se propagaba rapidísimamente.

El 1 de diciembre se celebra el Día Mundial de la lucha contra el SIDA

Algo muy parecido a lo que nos está pasando en estos momentos, ¿no os parece? Una pandemia que nos ha paralizado durante meses, que nos mantiene en alerta y constante incertidumbre por la ausencia de unas decisiones claras y ajenas a intereses políticos por parte de nuestros gobernadores; un año en el que los abrazos, besos y encuentros personales se nos han limitado, se nos han prohibido… esos abrazos, besos, sonrisas – que también en nuestro caso han tapado- que se regalaron Nico y Xulia a lo largo de su intensa relación. Ese amor sincero, amor puro – y también difícil y duro- que con tanta claridad y transparencia plasma la escritora en el libro, que nos contagia y que les lleva a apostar firmemente por el presente, porque la vida les demostró pronto que el futuro -lejano o no tan lejano- tiene mucho más de imperfecto que de perfecto.

Termino como comencé, afirmando que Nicolás Herrero y Xulia Alonso, esos dos jóvenes que nos sonríen desde la portada de esta novela, ajenos a todo lo que pasa a su alrededor, y que formarán ya parte mi mi vida, de mis recuerdos. Esos a los que Xulia no renuncia, esos que comparte generosamente con las lectoras y lectores, con aquellos a los que atrapa desde su memoria, esa que nos dice es «o elemento fundamental para engarzar os elos que dan sentido á vida, que poder!

Gracias Xulia Alonso por tu «Futuro Imperfecto».

¿Hablaamos? Te espero