Me asomo una semana más a mi blog y en este caso lo hago con un libro cuyo análisis o recomendación soy consciente generará polémica, controversia, como viene ocurriendo desde hace años y años en una sociedad en la que hablar de «aborto» implica atacar directamente los principios sólidos establecidos hace mucho tiempo para mantener un orden social determinado en el que las mujeres deben mantener un estatus concreto, en el que el cuidado de los hijos y la maternidad (y su entera dedicación a ella) da puntos para ser la mejor.
Pero no debemos tener miedo a generar controversia ni a hablar de realidades que están instauradas y que suponen claramente un peso, un lastre para millones de mujeres que libremente deciden tomar una decisión, traumática decisión, que en gran parte de los casos será juzgada por unos y otras, por otras y unos sin que, en la mayoría de las ocasiones, se pongan en la piel de quien lo ha sufrido, pasado, vivido.

Sobre la mesa «Maternofobia» de Diana López Varela, del que para arrancar y quizá respaldar lo que acabo de decir escojo este párrafo: «Detrás de cada aborto hay un pequeño drama. Ninguna mujer aborta por afición, por placer o porque lo considere un método anticonceptivo».
¡¡¡Qué cita tan acertada!!! En estos días que estamos celebrando los 40 años del fallido golpe de Estado y la victoria de la democracia, resultan curiosos los grandes lastres que la España de entonces, la de 1981, ha arrastrado hasta pleno siglo XXI y con los que hay que seguir todavía luchando, sobre todo para desterrar los sentimientos de culpa, de vergüenza y de dominación que pueden implicar determinadas cuestiones como la que hoy abordo. Por aquel entonces, el inicio de la década de los 80, en España el aborto estaba prohibido y penado con cárcel en nuestro país.
Un país que estrenaba una democracia y en el que las mujeres seguían relegadas al hogar -al menos si querías ser considerada como tal- y en el que se veían obligadas a viajar a Londres para poder abortar, si así lo decidían, enfrentarse a ser señaladas y estigmatizadas como madre solteras, o, casarse rápido y corriendo para salvar una imagen que siempre se vería enturbiada por ese hijo/a concebido fuera del matrimonio. Así era la España de apenas hace 40 años.
Hubo que esperar hasta la llegada del año 85 para que se aprobase la primera ley del aborto en España, eso sí, con tres supuestos bien claros y con al menos dos dictámenes médicos en dos de los casos. Se abría un poco la mano pero también a costa de señalar, de clínicas amenazadas, de médicos y enfermeras que se negaban a aceptarlo. Decisión del gobierno socialista presidido por Felipe González que zarandeó los cimientos de una sociedad que no se quedó callada y que salió a la calle a gritar y señalar como asesinos a quienes estaban a favor. Curiosamente imagen que se repetiría 24 años después cuando Rodríguez Zapatero propuso la reforma de la ley, para legalizar el aborto en las primeras 14 semanas de gestación e introducir otros cambios, que buscaban normalizar esta decisión en el caso de ser necesaria.

Prueba esto de lo poquito que ha cambiado la base de la sociedad, de lo poquito que nuestro país ha evolucionado o quiere avanzar en cuestiones que implican la capacidad de decisión de las mujeres no solo sobre su cuerpo, si no sobre su futuro, su vida y cómo quieren desarrollarla. Manifestaciones que se repiten como ocurrió contra el divorcio, contra el matrimonio gay y recientemente contra la eutanasia, y que están mayoritariamente respaldadas por ideologías de la derecha que después , sin rubor y total normalidad -como ha de ser- aprovechan esa legalidad para divorciarse, casarse y abortar. La siempre presente doble moralidad tan propia de este país nuestro.
Podríamos decir que hemos avanzado, que las mujeres tenemos por fin la capacidad de decidir sobre nuestro cuerpo pero me temo que no es así. Hemos dado pasos, muchos pero no los suficientes y frenados continuamente por una sociedad en la que el patriarcado -sí, otra palabra que como el aborto no gusta nada escuchar- no está dispuesto a ceder su espacio. Pero lo siento, las reglas están cambiando, las mujeres las estamos cambiando, las queremos modificar ya no por nosotras, si no por las que nos precedieron intentándolo, sembrando la semilla, y por las que vienen pisando fuerte y merecen su espacio al que no van a renunciar.
El propio subtítulo del libro «retrato de una generación enfrentada a la maternidad» nos da una pista sobre ello. Yo soy de una generación en la que todavía la mochila de la moralidad, lo correcto o incorrecto estaba ahí. Una generación que, afortunadamente, crecimos en libertad de decidir ser lo que quisiéramos, de estudiar y desarrollar una profesión, mujeres libres pero en la que el hecho de serlo seguía íntimamente ligado a «ser madre», y a las que quizá el hecho de decir que no sentían esa «llamada» las trataban con condescendencia y les respondían con un «ya cambiarás de idea».
Una cuestión que Diana López refleja muy bien con testimonios en primera persona de muchas chicas que tienen claro que no quieren ser madre y dejan claro que es una opción como otra cualquiera, o de aquellas que tomaron la decisión de esperar y abortar por entender que no estaban preparadas o no era el momento. La voluntad propia de las mujeres, su capacidad de decisión y Maternofobia nos habla de ello.
Un libro, en el que Diana narra su experiencia pero también de la de muchas otras, pero no se queda solo, ahí, claro que no, va más allá y convierte el texto en una lectura necesaria para hombres y mujeres que siguen oponiéndose al aborto arremetiendo con argumentos que en la mayor parte de las ocasiones son los incrustados en la sociedad para mantener en segundo plano a las mujeres, y que basan, principalmente, en la defensa de la vida.
Y hay más mucho más tras una decisión como la de abortar porque como señala en sus páginas «a veces, no es el amor de madre lo que nos permite cuidar a tiempo completo, es la imposible conciliación». Porque como bien explica «no hay libre lección con una brecha salarial del 24% del salario medio de las mujeres que crece hasta el 37% cuando somos madres. No hay libre elección si no hay plazas en las guarderías públicas o si la plaza cuesta tanto, o más, de lo que tú ganas. No hay libre elección si no te vuelven a contratar después de ser madre… Y no hay libre elección, desde luego, cuando los hombre jamás se tienen que enfrentar a las mimas contradicciones que soportamos nosotras para ser padres».
Porque a pesar todo el terreno ganado por las mujeres en este campo la maternidad sigue siendo una «losa» y, ojo, no entendamos mal esta expresión. No el hecho de ser madre si no las consecuencias que todavía sigue generando decidir serlo o no. Viene acompañada de renuncias que -como ya expuse en el anterior párrafo- suponen para las mujeres como puede ser el hecho de que solo 2 de cada 10 hombres, según datos del CIS de 2017 recogidos en el libro, compartían en igualdad las tareas de limpieza y de cocina. «Más del 60 % de las mujeres realizaban siempre solas, o casi solas, todas las tareas de la casa…y la toma de decisiones para repartirlas recae mayoritariamente en nosotras algo que agota y desespera…»
Son las nuevas generaciones, las que en las últimas décadas se enfrentan más que nunca a la precariedad laboral, a sueldos que no alcanzan a los ya «antiguos mileuristas», a unas reglas empresariales voraces y exigentes como nunca antes y frente a las que no pueden descuidarse, dar un pequeño traspié porque «tengan hijos o no, el trabajo de la mujer sigue siendo visto como secundario , prescindible, una realidad con la que conviven felizmente empresarios y líderes sindicales que aún creen que el drama es el paro del cabeza de familia y que el pan , para ser comestible tiene que venir debajo del brazo de un hombre».
Como dije pertenezco a la generación en la que las oportunidades y opciones que tuve para elegir libremente estaban ahí pero en la que todavía en la mochila muy abajo, casi en el fondo, seguía instaurado esa idea de que para «estar completa» también tenía que ser madre, algo que demasiadas personas siguen defendiendo en nuestra sociedad en pleno siglo XXI y en la que la llegada de la ultraderecha a las instituciones quieren reforzar y de nuevo instaurar. Y esto no puede ser así, no.
Sí soy madre, por decisión propia. Porque cuando llegó el momento quería serlo yo, pero como mujer siempre estuve completa porque en mi vida decidí aquello que más me beneficiaba y me hacía sentir bien. Porque pude formarme académicamente en lo que yo decidí y después dedicarme a ello, eso sí descubriendo, que lo que faltaba para completarme no era la maternidad, no… era que el ser mujer no me frenara -o frene- para ocupar un puesto de responsabilidad; que pueda ir por la calle de madrugada sin miedo a ser intimidada por un hombre, por el hecho de que se siente superior; que si quiero disfrutar de mi cuerpo con quien quiera y cuando yo quiera, pueda hacerlo sin ser juzgada… y un largo etc de cuestiones que continúan demasiado «normalizadas» en el ideario de nuestra sociedad porque en ella la mujer debe (o eso quieren) mantener su papel y en ese rol no cabe la capacidad de decidir, de decir que no quiere ser madre, o que ahora no es el momento.
Por eso se celebra como una gran victoria que se vaya legalizando el aborto poco a poco en países como recientemente ocurría en Argentina, o en aquellos lugares en los que las mujeres- miles de ellas- deben recurrir a clínicas clandestinas y poner en riesgo su vida porque solo ellas saben las razones que las lleva a tomar esa decisión, o, simplemente porque ellas así lo quieren. Aunque realmente me encantaría ir más allá, y además de lograr la despenalización y la libertad de cada mujer de tomar esa decisión cuando así lo ve necesario, conseguir que después desaparezcan los comentarios, recriminaciones, lamentos o simplemente se las señale por haberlo hecho.

Foto E. García Medina (EFE)
Yo decidí ser madre libremente y cuando estaba preparada, pero también sé lo que es abortar, tomar esa decisión, por lo que cierro esta entrada con la misma cita que usé al principio y que Diana López Varela acertadamente, muy acertadamente, recoge en su «Maternofobia»: «Detrás de cada aborto hay un pequeño drama. Ninguna mujer aborta por afición, por placer o porque lo considere un método anticonceptivo».
Así es.