Como seguidora del tenis, imaginar una hipotética final entre Rafa Nadal y Novak Djokovic en el Open de Australia, es sin duda un espectáculo que no querría perderme, más cuando ambos se estarían jugando ser el jugador que más gran Slam ha ganado (21), superando a Federer. Pero no va a poder ser, al serbio finalmente le han obligado a abandonar el país, al entender el gobierno que incumplía las leyes existentes para acceder a Australia, legislación más restrictiva desde hace dos años con la aparición del COVID19.

Durante más de una semana hemos vivido un «culebrón» informativo en torno a la situación del tenista al que en principio retiraron el visado porque no estar vacunado contra el covid19 condición obligatoria para entrar al país austral y para competir en el Open. No lo había hecho, y por ello se le impidió la entrada retirándole el visado, al igual -y aquí está el dato a tener en cuenta- que cualquier ciudadano del mundo que quisiera acceder incumpliendo alguno de los requisitos legales que impone un estado.
Y contemplando las noticias y las salidas de tono de familia, del jugador y del propio presidente de Serbia -convirtiendo esto en un asunto de estado prácticamente- . Una vez más estamos ante «podoroso Don dinero», en este caso representado en la figura de un deportista de élite, que se cree muy superior en todos los aspectos, y solo por ello pretendía salirse con la suya. Según pasaban los días sobre esta noticia no podía dejar de cabrearme un poquito más cada vez.
Consultemos la RAE: «Impune: Que no recibe castigo«; «inmune: Que está libre de ciertos cargos, obligaciones, oficios o penas«. Así se ha sentido el tenista desde el primer momento, seguro de que por ser Nova Djokovic era intocable, no podían echarle, no podían impedir que jugase el Open de Australia solo porque era él. Tan seguro estaba que se arriesgó sabiendo que acudía a un país en el que las leyes de inmigración están entre las más duras del mundo; sabiendo que si era «deportado» e incumplía la ley no podría volver a entrar en el país en tres años, y por lo tanto, no disputar este Slam del circuito en ese tiempo.
De eso se trata. Precisamente de ese poder que se les ha dado a los jugadores, políticos, artistas o grandes empresarios de sentirse por encima del bien y del mal. No se trata de que esté reforzando el mensaje antivacunas o negacionista que se empieza a extender por el mundo. Nos guste o no cada uno está en su derecho de elegir a ponérsela o negarse. Se trata de que en el caso de Australia sí es obligatorio, pero vamos más allá: mintió al rellenar los documentos de acceso al país -esos que obligan a cualquier viajero- y de nuevo incumplió la legislación vigente. Es decir, tiene que asumir las consecuencias que ello conlleva, sin excepción. Y eso es lo que ha castigado en Australia.

El ministro de inmigración australiano -que quizá se tomó más tiempo del debido- aplicó la ley como también se hizo unos días antes con la tenista cheoslocava, Renata Voracova, sobre la que por cierto no corrieron ríos de tinta ni titulares -quizá por ser la 38 del mundo y mujer-, o sobre propios ciudadanos de Australia que incumplen las normativas que rigen.
El debate se apagará pero sigue ahí, subyace desde hace años y años en nuestra sociedad en la que las nuevas élites ahora son los grandes futbolistas, los actores de renombre, presidentes de clubes, los políticos y unos cuantos más. Aquellos que se ven libres de prevaricar, robar, defraudar impuestos o acumular deudas millonarias sin rubor, el mismo con el que niegan el fraude -hasta escandalizándose- y después asumen pagar la multa o adherirse a amnistías fiscales hechas a medida.
Ahí están las federaciones deportivas -en este caso la de fútbol-, y tras ellos los clubes, que blanquean un régimen como Arabia Saudí trasladando la disputa de la Supercopa de España -sí de España- hasta uno de los países que menor respeto tiene hacia los derechos humanos y donde las mujeres están totalmente anuladas. Pero el dinero que se puede ganar por cuatro partidos vale mucho más que la decencia de renunciar a jugar en un país que es de todo menos democrático y justo.

Y lo que es peor, como en todos los casos, justificándolo con falsedades que ni los promotores se creen como la de que «contribuyen a normalizar y a avanzar en la consecución de derechos humanos y femeninos». Triste que se olvide que «los poquitos avances que permiten» se queden en nada cuando las cámaras se apagan. Los principios no cuentan en estos casos, principios que muchos otros deportistas sí tienen claros como fue el caso de la campeona mundial de ajedrez Anna Muzychuck que apeló a ellos para no competir en Arabia Saudía, donde se celebraba el campeonato mundial, perdiendo así sus dos títulos.
El nombre de estos días ha sido Nova Djokovic pero si nos detenemos un momento a pensar seguro que se nos ocurren otros muchos de quienes se creen inmunes/impunes: Juan Carlos, Leo, Ronaldo, Ildefonso Falcones, Neymar, Rodrigo Rato…. y en este caso solo hablamos de fraude fiscal -la corrupción ya lo dejamos para otro día-. Nombres que aparecen en la lista oficial de morosos de Hacienda con deudas realmente astronómicas pero ahí están en una lista, nada más. Y mientras al ciudadano de a pie, «al mortal de los humanos», ojito que no se nos olvide pagar lo que corresponde porque no habrá piedad.
Por eso, en el caso Nova Dojokovic podemos decir que, aunque sea por una vez y en Australia, la justicia ha sido igual para todos. Ojalá cunda el ejemplo.