Facto

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María Jesús Argibay

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septiembre 30, 2024

Facto

Convivir con una o un adolescente nos permite, en muchas ocasiones, reconocer palabras y buscar el nuevo sentido que le han dado. Palabras que están ahí y que, en ocasiones, podemos decir que son «neologismos» propios de su edad pero, en muchas otras, recuperan. Eso me ha pasado recientemente con «facto».

Sí quizá la repiten como un mantra, pero les sirve para ratificar una idea, un suceso, una afirmación entre amistades. Y yo que barruntaba escribir esta nueva entrada, regresar a mi blog tras un tiempo alejada en el que intentaba recolocar los muebles en mi cabeza, me di cuenta que me gustaba ese «facto», más concretamente «de facto».

Una situación de facto es aquella que, existiendo en la realidad, no ha sido reconocida formalmente, ya sea mediante los mecanismos legales vigentes o por la autoridad competente.

Y fueron precisamente miles de hombres y mujeres, de forma espontánea, llenando las calles al grito de «yo te creo» los y las que demostraron que «de facto» la violencia de género, la violencia machista existe. Reaccionábamos ante una sentencia que consideraba abuso sexual y no violación los hechos ocurridos en San Fermín de 2017, en el famoso caso de «La Manada».

Hace unas semanas me topé con el documental que sobre este horrible suceso se grabó y emitió en una plataforma televisiva: «No estás sola». Editado y narrado con sumo cuidado, y con un juego de imágenes soberbio en determinados momentos del metraje, puedo decir que revivir aquel momento me ha hecho pensar en qué efímeras pueden ser algunas noticias que nos llevan a enterrarlas en el tiempo y olvidar lo que significó para la sociedad, pero sobre todo para las mujeres.

Rafa Rivas / AFP

Yo grité «no estás sola«. Yo grité «yo te creo». Yo coreé el ya famoso «NO ES NO», y, viéndolo con perspectiva ahora me sigo emocionando y no puedo dejar de ver cierto paralelismo con el «BASTA YA» que movilizó a toda la sociedad española contra la violencia terrorista de ETA, tras el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco.

Foto. Juan Carlos Hidalgo / EFE

Porque miles de mujeres -y no olvidemos miles de hombres que defienden la igualdad y luchan contra la violencia machista- salimos a las calles, pusimos los cimientos de la ley ley orgánica 10/2022 de garantía integral de la libertad sexual que – con sus sombras y sus luces- es un avance, un texto legal que evitará que tocar un pecho, una palmada en el culo «no sean más que cosas normales» y se consideren delito. Que aunque no me resista o no tenga golpes, aunque me quede en shock porque cinco energúmenos -no les llamo animales porque han demostrado ser mejores que las personas- deciden que quieren pasárselo bien con mi cuerpo, lo tipifica por su nombre: violación.

Una ley que al menos nos ofrece más garantías ante la justicia – a lo mejor no todas las que nos gustarían- cuando ocurren este tipo de agresiones y que dejan clara la necesidad del consentimiento.

De facto, una realidad, un hecho al que seguiremos dotando de cuerpo y recordando que existe. Una realidad. Cifras que nos indican que desde enero a septiembre de este año se han registrado un total de 2645 denuncias de violación, frente a las 2035 registradas hace un año. Esto es, un 6,9% más. O lo que es lo mismo, 14 violaciones al día, 1 cada dos horas. Lo sé: molestan, incomodan porque están ahí y ellos son los agresores y nosotras las víctimas, y contra ello debemos seguir luchando.

«La Manada» fue un revulsivo, un antes y después en la sociedad que gritó otro «basta ya» y decidió no dar ni un paso atrás en una demanda justa y necesaria, una deuda pendiente en una sociedad democrática: la igualdad real entre hombres y mujeres. Una sociedad que no mire hacia otro lado, o señale a las víctimas como las culpables de lo que les ha ocurrido; que no reste importancia a lo que la tiene; o, que no tenga miedo a encararse con los agresores sexuales, que encontramos en cualquier ámbito de la sociedad -tristemente-.

Imposible no hacer referencia a otro hecho, que se va a convertir en un referente en esta lucha: el juicio de la francesa Gisèle Pelicot, sedada durante una década por su marido para que la violaran. En el banquillo cincuenta acusados – hombres honrados, dicen, que se escondían ante las cámaras-. En frente Gisèle que desde el primer día lo dijo: «La vergüenza debe cambiar de bando bando», y no, no tuvo miedo en comparecer en sesiones abiertas y a cara descubierta. Porque ella no hizo nada malo, nada de lo que avergonzarse, claro que no… Lo triste es que, según avanza el juicio, ellos han perdido la vergüenza y la han vuelto querer colocar sobre la víctima -como en demasiadas ocasiones ocurre en la sociedad-, una mujer fuerte y luchadora que mantiene firme la mirada.

Gisèle Pelicot. Foto: Agencia Efe

Somos libres y bajo ese concepto queremos vivir y actuar. Por eso seguiremos diciendo «no es no», «no estás sola» y «la vergüenza está en el otro bando».

¿Hablaamos? Te espero