Ella…

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María Jesús Argibay

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julio 27, 2021

Ella…

Regreso al blog después de unos meses ausente. Lo hago de la mano de dos títulos de libros, aunque a pesar de estar en esta sección la entrada, supongo que también podría estar en la categoría de música o cine pues al fin y al cabo el tema que abordo y que abordan forma parte de nuestro día a día, a pesar de que tontamente queramos negarlo, o mejor dicho, ignorarlo: la muerte.

Sí, solo leer la palabra seguro que a muchas y muchos le ha llevado a poner un mohín – inconsciente- pero forma parte de la vida, de nuestras vidas. La queremos lejos, cuanto más lejos mejor, pero sabemos que eso no depende de nosotros y, tal vez por esa razón, le tenemos más respeto, más temor o resquemor. Puede llegar en cualquier momento, de forma inesperada, brusca o a través de una enfermedad o simplemente de un susto que te recuerda que también te puede tocar en cualquier momento… está ahí y también se ha empleado de forma indistinta en las sociedades, a través de la religión habitualmente, como un medio más para mantener intactos muchos intereses, para controlar a las personas a través de creencias que nos ofrecen diferentes formas de asumir y enfrentarnos a ese final.

Soy de las que prefiero centrarme en el día a día y no pensar en la muerte, en ese día que tiene que llegar -aunque he de reconocer que a veces se me olvida ese objetivo-. Cierto es que hay pequeñas circunstancias que te hacen replantearnos de repente nuestra fragilidad -seguimos asumiendo casi como normales, cuando no lo son, cifras que nos ha dejado la pandemia- ante agentes externos frente a los que muchas veces la ciencia y la medicina son un freno, y demasiadas no, porque no se llega a tiempo o, simplemente, porque queda mucho todavía por investigar -algo tan esencial y básico que parece increíble que las administraciones, los gobiernos, no engorden las raquíticas partidas presupuestarias que destinan a este fin. Se ve que resulta más rentable pagar sobresueldos o invertir en material bélico.-

En este tiempo de reflexión he leído «Ti», la traducción que la editorial Galaxia ha publicado de la obra «Tú» de Ánjel Lertxundi, un libro sin duda que recomiendo y que no deja indiferente, en el que aborda cáncer -esa es la palabra y no «larga enfermedad», por ejemplo- de su mujer y cómo lo ha vivido junto a ella. Relata el proceso en primera y tercera persona, con hechos vividos pero también en una especie de ensayo en el que hace repaso a las obras de numerosos autores en las que se abordan no solo el tema de la muerte, si no el de la soledad, el dolor, la incomprensión, la rabia… Una novela a través de la que podemos acompañar a una pareja que se enfrenta a un anuncio inesperado, al tratamiento, a las nuevas rutinas que implica y, todo, desde una sencillez y naturalidad que se agradece al escritor. Una novela en la que la normalidad – no ausente de un dolor sutil que trasluce en su escritura el autor- con la que se aborda el tema nos lleva a la conclusión de que estamos ante un libro que realmente es un canto a la vida.

Entre muchas otras citas que he subrayado mientras lo leía podría destacar esta: «Somos mortais: nacemos e habemos morrer. Non, é imposible levantar un muro fronte á enfermidade; pero é posible facelo fronte ao medo, fronte ao feito de non querer saber nada da nosa condición mortal, fronte á inconsciencia sobre a morte que alimentamos vivindo como se nunca fósemos morrer…»

Una cita que me lleva a hablar de un segundo libro, uno que cayó en mis manos hace ya bastantes años y que recuperaré en estas semanas. En su momento su título fue lo que me llamó ´la atención «El fin es mi principio», del periodista Tiziano Terziani, y aunque entonces no tenía la costumbre de subrayar – para algunos sacrilegio- las citas que llamaban mi atención sí soy consciente de qué sensación tuve cuando leí la última página, y que recuerdo a día de hoy: «Yo quiero llegar al día de mi muerte así, libre, sin ataduras».

«El principio es mi fin» es una extensa charla que Tiziano Terrazi , conocido corresponsal de guerra, mantiene con su hijo Folco, conocedor de sufrir una enfermedad terminal que lo sitúa ante la recta final de su vida. El libro precisamente recoge momentos históricos que ha vivido ejerciendo su profesión y reflexiones basadas en el pensamiento budista sobre la vida, lo que sumamos año tras año a ella y cómo saber despedirse de esas posesiones materiales, inmateriales, e incluso personales. Una lectura realmente interesante de la que -preparando este blog he descubierto que se llevó a la gran pantalla-. No sé cómo será la película pero sin duda recomiendo la lectura del libro que yo releeré.

En la preparación de esta entrada he rebuscado alguna de las muchas citas que Tiziano dejó a su hijo Folco y me quedo con esta, sobre todo teniendo su actualidad respecto al momento que vivimos en nuestro país tras la aprobación de la Ley de Memoria Democrática, esa que muchos quieren ya derogar; los mismos que no quieren reconocer la historia por miedo, quizá, a reconocer que sí, se equivocaron y, que sí fue un golpe de estado, sí hubo culpables frente a víctimas… esos que prefieren no aprender de los errores y sí enterrarlos -aunque sea en cunetas-. Pero dejando al lado la política, volviendo a la vida y a la muerte, Tiziano Terziani nos recuerda que «cuando el presente no me interesa, yo tengo un gran refugio: la historia. Es que si no comprendes la historia, no comprendes la actualidad.” Sencillo, ¿verdad? La pregunta es por qué a veces cuesta tantísimo comprenderlo.

Llego ya al final de esta entrada, quizá menos extensa que las anteriores, menos pegada a la actualidad de nuestro día a día, pero sí más sincera y personal, en la que abordo un tema que creo que nos atañe a todas y todos y que deberíamos abordar sin miedo. Asumir como una realidad pero sin obsesionarnos, celebrar la vida, el día a día que cada amanecer y anochecer nos permite sumar a nuestra existencia. Vivir con dignidad, disfrutar de lo hermoso, lo más pequeño de esas rutinas que por ser tales a veces no las valoramos lo suficiente, olvidamos que son vida, nuestra vida: una comida con amigos, una lectura tranquila junto a tu hija, una partida al UNO o simplemente un paseo hasta el trabajo… la vida, esa que amamos tanto frente a la muerte pero a la que no le damos la importancia real que tiene porque siempre, siempre nos creemos ajenos a ese punto y final que forma parte de ella.

Como Ánjel Lertxundi nos señala en «Ti»: «Amo a vida, e precisamente por eso falo da morte. E , mira o que che digo , o tema non é triste en absoluto,, senón o apoio máis seguro para seguir gozando da vida».

Y quizá por eso deberíamos ir tomando nota de otras culturas, religiones , llámemosle como queráis, en las que la muerte es color y alegría, en la que en vez de llorar se cantan a sus muertos, se celebra su vida, como nos muestran películas como «El libro de la vida» o «Coco», que tanto han gustado, o esos entierros de Nueva Orleans que atraen a tantísima gente con sus entierros repletos de música y alegría, o simplemente lo que nos describe el autor de «El fin es mi principio» nos podrían servir de ejemplo. Simplemente vivir y exprimir la vida, en la medida que podamos y queramos, sabiendo que es única y nunca olvidando la suerte que muchos y muchas tenemos de «vivirla».

Pau Donés: «Desde el momento que aceptas que la muerte es algo que va contigo, estás mucho más tranquilo»

¿Hablaamos? Te espero