Arranca un nuevo curso académico y con él llegan de nuevo las imágenes de las pequeñas y pequeños entrando en sus clases, de las madres y padres conduciéndoles hacia la rutina que durante tres meses de verano abandonan y casi olvidan. LLoros, risas, y de nuevo mascarillas y ciertas medidas de precaución. Una foto que se repite cada mes de septiembre y que para unos y otros implica la «vuelta a la normalidad».
Se suma a esa imagen pocos días después la de los adolescentes que estrenan etapa (ESO y Bachiller) que regresan a las aulas de la Universidad (y este año sí lo podrán hacer presencialmente con permiso de las vacunas que todas y todos nos hemos puesto) y, vuelven a aulas en los que los planes de estudio siguen sobre las mesas y se desarrollarán tal y como estaba previsto, intentando cubrir los plazos exigidos.

Estos días, pensando en una nueva entrada del blog y, precisamente preparando la vuelta al cole de mi pequeña (ya no tanto), he vuelto a ver una película que me ha acompañado siempre. «El Club de los Poetas Muertos» de Peter Weir. En el momento de su estreno me cautivó y el cartel de la película me acompañó en mi habitación durante los cinco años de mi carrera universitaria. El gran, y tristemente desaparecido, Robin Williams y ese papel tan fantástico del profesor Keating, el que animaba a los jóvenes estudiantes que «extrajeran el meollo de la vida». Una película que descubrió a muchos el significado de «Carpe Diem», de ese «Disfruta el momento» que muchos desconocían, o simplemente no eran conscientes de su importancia.
La poesía parece ser la enseñanza principal de este profesor apasionado con lo que hace, con lo que enseña, las letras y la literatura. Pero el mensaje va más allá, y con él quiere llegar a sus alumnos -todos ellos en un prestigioso colegio de normas arcaicas y heredadas de generación en generación donde la tradición, honor, disciplina y excelencia es su razón de ser- y ayudarles, enseñarles a descubrir el mundo por sí mismos. La capacidad de vivir y sentir cada cosa que descubran, experimenten… fomentar su pensamiento crítico.
Porque aunque ese famoso «Carpe Diem» parece que se convirtió en el lema, en la razón de ser de este largometraje para gran parte del público, yo creo que sus personajes nos llevan más allá. Claro que sí que debemos aprovechar cada día que tenemos al máximo, VIVIR así con mayúsculas, pero quizá para mí son más importante otras lecciones que el profesor nuevo de esos alumnos les quiere hacer llegar: que vayan más allá de los escrito, de lo establecido como «plan de educación» y que, ahora que desde hace ya varios años sufro en mis propias carnes como madre. Porque desde que me estrené en las lides escolares he descubierto que esas leyes no han ido más allá de guerras entre partidos políticos que quieren dejar su impronta, poco más porque esta es la única forma de entender que en nuestro país se hayan aprobado hasta el momento 8 leyes de Educación, que curiosamente cambian cuando hay un cambio al frente del poder, pero poco influyen y atienden lo que los colectivos educativos saben.
Es necesario, claro que sí, un pacto de Estado sobre la Educación. Se ha logrado -peor que mejor- en temas como al violencia de género, o en las pensiones… por qué no en algo tan importante como la formación de las nuevas generaciones, dotándolas de los medios y recursos necesarios que les permitan sacar conclusiones por sí mismos/as, pensar y razonar, desarrollar su pensamiento crítico.
Y ahí es donde llego al mensaje que para mí traslada el Club de los Poetas Muertos, el objetivo que -como muchas profesoras y profesores me consta intentan poner sobre la mesa- educar desde la libertad para que cada cual en el futuro «piense por sí mismo». Un educador, el de la película, que se salta las normas rígidas y establecidas por los poderes interesados, podríamos decir que los protocolos o los planes de estudio que cumplir por semestre, para que sus alumnos y alumnas «piensen por sí mismos» porque como explica cuando se cuestiona sus forma de enseñar «quiero librepensadores».
Fantástico, ¿verdad? Como madre quiero que mi hija sea librepensadora, y quiero que en el colegio, instituto o universidad le faciliten los medios para lograrlo. Sin duda, mucho está en nuestras manos como familias y sociedad, pero la educación académica juega un papel trascendental. Por eso es difícil entender el «mundo padres y madres», como yo lo califico desde que mi peque entró en infantil, sean en demasiadas ocasiones el freno para avanzar en ese objetivo: negándose a que, por ejemplo en mi comunidad, se enseñe el gallego (o al menos lo intenten); echándose las manos a la cabeza porque se programan charlas sobre violencia de género, relaciones sexuales, aborto o diferencias de género que existen en este momento, y como no, fomentando la competencia y rivalidad como valores a destacar.
Que se siga subvencionando colegios con educación segregada (niñas separadas de niños) o temarios en los que las letras, las humanidades parecen querer relegarse más y más frente a los números, las ciencias… porque quizá sea peligroso que aprendan a razonar. O lo que es peor, al menos a mí me lo parece, comprobar que mi hija está aprendiendo prácticamente igual que lo hice yo hace más de 40 años, y ojo, con menos contenidos… Y todo eso con el apoyo de leyes cobardes que nunca se atreven a asumir la responsabilidad de dotar al sistema educativo de una normativa moderna, ajena a las críticas arcaicas y más propias de otros tiempos. Una educación pública que no debería acomplejarse y que debería blindar de una vez por todas una ley conjunta y pactada, pensando en el bien de las nuevas generaciones que serán el reflejo de una sociedad.
Quizá deberían tomar nota del señor «Keating» cuando se sube a una mesa y desde lo alto recuerda que «debemos tener otra perspectiva, debemos mirar las cosas siempre de un modo diferente» porque quizá así sea la única manera de evitar caer en «el peligro de la conformidad».
Oh capitán, mi capitán…