No vengo en esta ocasión con una película, documental o libro que me haya inspirado para abordar un tema. Es cierto que en la última semana he variado la idea inicial, la propuesta que iba a poner negro sobre blanco y que, quizá llevada por mi profesión y mi espíritu siempre pegado a la información, estaban ligados a cuestiones que me permitirían reflexionar una vez más sobre asuntos de los que es necesario hablar sin miedo, sin tapujos. Realidades que están ahí y a las que muchas veces nos cuesta nombrar porque es más cómoda una mirada desde la distancia, de esas que dicen «eso no me toca a mí» o «aquí no pasa», o simplemente, «eso ya quedó atrás».

Evidentemente son cuestiones sobre las que regresaré en próximas entradas. Pero precisamente mi amor por la profesión y por la radio me hace tenerla siempre de compañía y escuchar entrevistas, datos y cuestiones que al final, inconscientemente, me llevan a encontrar la relación con alguna lectura que acabo de terminar o tengo pendiente, alguna película o documental y trasladarlos a este blog de mjargibay, compartirlo aquí.
Pero no puedo evitar en esta ocasión cambiar la dinámica. La realidad, o mejor dicho la actualidad, no me permite pasar de largo ante un término «COVAX» que quizá no conozca la mayoría, o sí, pero es de esas palabras que «no tienen que ver con nosotros». En un momento en el que prácticamente parece que somos protagonistas de una historia de ciencia ficción, en la que hemos vivido una pandemia que quizá no ha tenido ese final apocalíptico de muchas pelis, pero sí se ha llevado a millones de personas por delante en algo más de dos años.
Una pandemia que ha supuesto la pérdida de millones de euros y una gran brecha en las economías, la ruina de millones de personas y la incertidumbre de un futuro que muchos parecen dibujar negro, negrísimo y no buscar el resquicio de luz que podamos seguir. Quién sabe qué intereses (estos sí oscuros) pueden ocultar detrás de ese catastrofismo continuo.
Y mientras el silencio, la resignación y espera de millones y millones de personas ante una realidad que tristemente para ellos es cotidiana, habitual: los países de ingresos inferiores y medios del mundo, 92 concretamente, que siguen esperando su primera dosis de vacuna ante la COVID-19 (ya ni mencionamos Omicron, nombre -este sí- que es casi apocalíptico), frente a los 51 con más ingresos y su compromiso (hueco una vez más).
Porque Covax es la plataforma internacional creada para hacer llegar la vacuna a todos en igualdad, para afrontar la solución de un problema mundial con la que se garanticen las mismas oportunidades de acceso a ella a todos por igual. Una solución global para un problema global, una visión de futuro que no hace más de un año el mal llamado primer mundo -hay muchas cosas que le restan esa categoría- se comprometieron a asumir. Y así nació COVAX.
Una vez más un brindis al sol, en el que alzar las copas es tan fácil como gritar al viento la cantidad de millones de dosis que los países más ricos del mundo derivarían a esa plataforma, esa -metafóricamente hablando- gran nevera en la que se almacenarían los millones de dosis necesarias para que en África, India y otros países sus habitantes pudieran ponerse a la cola, como hicimos nosotros y nosotras, para recibir las dosis que les inmunicen. Para lograr la inmunidad de rebaño que en España y Portugal por ejemplo alcanzamos, también a nivel mundial. Porque solo así se podrá frenar la pandemia, o, por lo menos controlarla.

El compromiso era entregar 2.000 millones de vacunas este 2021 pero se han entregado cerca de 600 millones de dosis, es decir, un 41% de las prometidas antes de que acabe el año y el 13,3% del total de 4.274 millones de todas las apalabradas.
Y el caso es que una vez más, ingenua de mí, creí que esta vez sí, que en esta ocasión habíamos aprendido algo y que, a pesar de los muchos intereses que existen -ya prefiero no entrar en el tema de la liberación de patentes-, la solidaridad no está tras estos compromisos no: entre bambalinas existe lo que se denomina geopolítica de las vacunas, o lo que es lo mismo, «yo te doy si tú me garantizas que…»
Por eso este pasado lunes, en el inicio de la sexta ola, escuchando a las 08.30 horas la entrevista que en la SER se hacía a la ministra de Sanidad, Carolina Darias, no podía evitar cabrearme cuando intentaba justificar el por qué España no había cumplido su compromiso, utilizando argumentos que no pueden esconder su punto partidista, en los que nombraba a su «jefe» en todo momento asegurando que lo están haciendo bien. No se trata de un partido u otro, no… podríamos decir lo mismo de las promesas hechas en torno al personal sanitario en Galicia durante la pandemia y ahora no cumplidas -una vez más-. Claro que no es tema de partidos si no de la falta de miras que sigue demostrando nuestra clase política.
Pero … ¿África? Está muy lejos, eso no nos afecta…