¿A quién?

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María Jesús Argibay

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diciembre 12, 2022

¿A quién?

Catrina... para muchos y muchas ahora hace referencia a los muertos, a la diosa mejicana que los protege y que se hizo más popular con películas como Coco o el «Libro de la Vida» -ambas muy recomendables-. Pero también es el nombre con el que se bautizó un huracán, el que atravesó Nueva Orleans o, mejor dicho, el que asoló este territorio americano: el Katrina.

Y como suele ocurrir pronto olvidamos el número de muertos, sus consecuencias y las actuaciones de las administraciones pertinentes en una situación realmente crítica y que se recoge en la miniserie «Después del huracán» con la que me tropecé por casualidad. Basada en el libro Five Days at Memorial de la periodista Sheri Fink, premio Pulitzer por este trabajo, nos cuenta la experiencia vivida por los equipos médicos y directivos de un hospital así como por sus pacientes durante los cinco días posteriores al paso del Katrina por la zona.

La tormenta anunciada con tiempo resultó más letal de lo previsto golpeando fuertemente el estado de Luisiana, más concretamente la ciudad de Nueva Orleáns, que quedó inundada en un 80% de su superficie.

En poco más de dos horas sembró destrucción y muerte en el sureste de Estados Unidos convirtiéndose en el tercer huracán más letal de la historia de esta nación y que acabó con un balance de 1800 muertos, cientos de casas destruidas y más de un millón de desplazados. Entonces -como ocurre con otras tantas catástrofes naturales- medios, asociaciones y ciudadanía anónima se volcaron en mandar ayuda, en denunciar situaciones que, tristemente, pronto se olvidaron. De pronto, todo vuelve -o eso parece- a la normalidad y las historias quedan ahí vividas y sufridas solo por sus protagonistas y, en este caso, enterradas bajo agua y escombros.

The Dallas Morning News, Smiley N. Pool

Historias como las recogidas por la periodista Sheri Fink que le valió el premio Pulitzer y que arrancan con la aparición de los cadáveres de pacientes de un hospital desalojado, todos juntos en una misma habitación y con la sospecha de exceso de morfina en sus cuerpos. Cinco días dura la historia que comienza la noche en la que pasa el huracán y la calma del día posterior; con los contratiempos que surgen por falta de protocolos concretos y que se complica cuando la presa de la ciudad se desborda inundándolo todo, dejando sin luz, electricidad ni medios al centro médico. Sumando a ello la imposibilidad de ser rescatados como esperaban.

Foto de Bill Haber • Archivo de Associated Press

Calor, falta de agua, máquinas que no funcionan y toma de decisiones. Pacientes de primera y de segunda, pacientes crónicos, pacientes jóvenes y también pacientes ancianos, con movilidad y sin movilidad… La serie nos permite ver y recordar las consecuencias del huracán pero al mismo tiempo la investigación abierta tras el hallazgo de 45 cadáveres en una misma sala, muchos de ellos con sobredosis de morfina. Médicos, enfermeras, pacientes recuerdan lo ocurrido y nos llevan al extremo de situarnos ante una tesitura en la que valorar si lo ocurrido es correcto o no; si habríamos hecho lo mismo o no; si merece condena o no.

Una serie que hace pensar; que me hizo pensar. Inconscientemente recordé con mucha tristeza e indignación el trato que recibieron las personas mayores durante la pandemia, todos aquellos y aquellas residentes en centros de día o centros de la tercera edad a los que se les negó la posibilidad de trasladarse a un hospital cuando contraían el virus, a los que se desahució porque al principio parecía que solo era una enfermedad que afectaba a los mayores. Ocurrió y no se puede permitir que, como sucede con tantas historias o sucesos, se olvide. Por supuesto que no.

En Madrid 6000 ancianos murieron en las residencias a las que desde la consejería responsable se remitió un protocolo indicando que se evitaran sus trasladados a los hospitales saturados de por sí. Y a pesar de las evidencias, en este caso PP y Vox se han negado una y otra vez a abrir una comisión de investigación para depurar las responsabilidades pertinentes, porque entienden que «las familias ya lo tienen superado». Resulta curioso que se nieguen a investigar esta decisión cuando luego enarbolan la defensa de la vida al oponerse a leyes como la de la eutanasia o el aborto.

Y eso pasó y entiendo que las familias no lo olviden y sigan exigiendo que se respete a nuestros mayores o a los más débiles en una sociedad en la que resulta siempre más fácil no pensar en ellos, ignorar sus necesidades porque «ya han vivido suficiente», o siendo más coloquial, «porque para lo que les queda ya…». Porque eso parece muchas veces que es lo que pasa por la cabeza de quienes tienen responsabilidades y controlan los fondos públicos «sin control» (valga la redundancia). Presupuestos para empresas privadas que cubren la falta de residencias públicas para atender a nuestros mayores, centros privados que a pesar de recibir ayudas públicas son, en no pocas ocasiones, noticia por el trato que reciben en ellas sus usuarios a los que maltratan, vejan o descuidan.

Sigo pensando que series como la que recojo en esta entrada son necesarias en la medida que nos hacen recordar, o incluso a muchos conocer, sucesos que afectaron a miles de personas y que, como en este caso, llevaron a muchas otras a enfrentarse a decisiones realmente importantes y controvertidas hace 17 años -y que lamentablemente parece que se repiten más de lo que nos gustaría-: ¿qué valor tiene una vida? ¿Quién tiene la potestad de decidir quién se merece seguir o no ? ¿Por qué – aunque no guste reconocerlo- seguimos despreciando la experiencia de nuestros mayores?

No en vano ha surgido ya un término para definir ese abandono o discriminación por edad: «edadismo». Curioso, sobre todo en una sociedad que cada vez envejece más y más. Eso sí, ellos y ellas se movilizan y alzan la voz y entonces se les hace caso, e incluso campañas de apoyo, aunque -ingenua de mí- no quiero pensar que se olviden y releguen de nuevo una vez que finalicen las próximas convocatorias electorales.

¿Hablaamos? Te espero