Sin duda en la vida hay muchas cosas que valen la pena, que nos llenan de alegría. Pequeños gestos que nos van a unir -sin darnos cuenta- a otras personas de las que sabemos siempre seguiremos en contacto pase lo que pase. En este caso lo que nos ha unido, más que el día a día de un trabajo en común, fueron los libros. Y el que hoy sirve de hilo conductor de mis reflexiones llegó de su mano: La piel de la memoria de Jordi Sierra i Fabra.

No, no había tenido el placer de leerlo y llegó de las manos de Begoña que me dijo, «te va a gustar». A ella le encantó y se convirtió, según me dijo, en uno de sus libros favoritos y eso que lo leyó cuando estaba en 3º de la ESO. Ahora acaba de cumplir 28 años y a pesar del tiempo transcurrido, sí reconozco que me gustó mucho y me conmovió otro tanto, pero sobre todo me estremeció comprobar que la denuncia que en él se recoge sigue vigente en pleno siglo XXI: la explotación y la esclavitud de menores.
En sus páginas conocemos a Kalil Mtube, un niño africano de once años, que en primera persona nos relata su dura experiencia vital desde que es vendido por su padre, por apenas unos dólares, bajo la promesa de que tendrá una educación y una forma de vida que le garantice un futuro. Promesas que solo ocultan los intereses mercantilistas de mercaderes de pequeños que recogen y trasladan lejos de su hogar para esclavizarlos y obligarlos a trabajar en los campos de cacao a cambio de un sueldo que nunca llega.
Un niño que nos explica como son los viajes hacinados en un camión sin apenas comida y sin paradas para poder estirarse o hacer sus necesidades fisiológicas; un hacinamiento que no abandonan en lo barracones en los que caen rendidos tras horas y horas cortando plantas de cacao y donde las heridas o enfermedades no se atienden; la lucha contra el gusano de Guinea -gusano que por cierto existe- que crece en sus interior por beber del mismo agua estancada donde lo hacen los animales, y que busca una salida a través de la piel; la lucha por no rendirse y buscar un futuro mejor pero que se topa con cientos de obstáculos y que, a pesar de pequeños momentos de tranquilidad, el hecho de nacer en África le lleva de nuevo a tener que defender duramente por sus principios y oponerse a traficantes de armas y negarse a ser un niño soldado -con todo lo que conllevará-.

Su primera edición fue en el año 2002 (hace 20 años) y en su inicio podemos leer «Cada una de las partes de esta historia está sucediendo ahora mismo». Estaba sucediendo entonces y sigue sucediendo ahora… tristemente, mientras miramos hacia otro lado o al menos los mal llamados países del primer mundo siguen aprovechándose de los interesadamente llamados países subdesarrollados o en vía de desarrollo. Porque interesa, siempre interesa ahorrar u obtener unos pocos más de beneficios buscando argumentos que «alivien conciencias» – ejemplo más reciente: el mundial de Qatar, donde los millones ganaron a los derechos humanos-.
Y es que en la trata de los niños y niñas en el mundo siguen las cifras hablando por sí solas. Según cifras facilitadas por Ayuda en Acción 168 millones de niños están trabajando en el mundo según datos de la OIT. Millones de pequeños o pequeñas sufren algún tipo de explotación, bien sea usados como soldados en más de 30 conflictos armados -como guerrilleros, espías, para detectar minas…-; como mano de obra súper barata con la realización de trabajos forzosos o como objetos sexuales para satisfacer las pervertidas y enfermas mentes de quienes no tienen ningún tipo de reparo -aunque en su día a día sean personas muy honorables-.
Solo debemos detenernos y con una rápida búsqueda por internet encontramos suficientes datos que nos revuelven el estómago, más después de leer en primera persona, en la voz de ese pequeño al que a los once años le arrancaron su infancia, comprobar que sigue pasando, que es una historia que cada día se registra en algún punto del mundo. Porque sí siguen trabajando en plantaciones de cacao para que no falle la producción occidental. Porque en Costa de Marfil, donde se encuentra el 40% de la producción de cacao, un sector en el que trabajan más de dos millones de niños. Muchos de ellos en unas condiciones de trabajo peligrosas porque aplican productos químicos o manipulan machetes». Una «cara oculta» que se recogió hace dos años en un documental emitido por la TVE.
Pero la realidad y el hambre voraz de beneficios de grandes empresas y el capitalismo imperante no puede hacernos olvidar las continuas denuncias que se han venido haciendo del uso de mano de obra infantil por razones varias – la principal es que son más, muchísimo más baratos-. Solo con unos segundos se nos ocurrirán más de dos o tres marcas cuyos logos archiconocidos se pueden relacionar con la explotación laboral de menores. El paso de los años fulmina las noticias en el tiempo y en la memoria de todos. No hace ni una década en la India se derrumbaba una fábrica donde perdieron la vida más de mil trabajadores: la noticia fue mucho más allá cuando entre los cadáveres se hallaron los cuerpos de menores. Una explosión que puso al descubierto el abuso de las multinacionales que aprovechándose de la situación de precariedad de esta zona del mundo obtienen mano de obra barata -para los empleados/as una bendición-.
Nos aprovechamos de sus necesidades y de vez en cuando, cuando surge la oportunidad, aliviamos la conciencias con campañas solidarias, denuncias internacionales, «dias internacionales de…»e incluso leyes mundiales para controlar que no se repita… y solo conseguimos dar pequeñísimos pasos que avanzan lentísimamente atrapados en tierras movedizas, en lodos que alimentan la codicia, intereses, individualismo y sobre todo egoísmo de quienes tienen y siempre quieren más. El juego de aquellas naciones que a su vez viven de grandes multinacionales y marcas a las que compensa pagar multas o campañas de limpieza de cara a mantener el abaratamiento de los costes laborales a costa de menores, o lo que es lo mismo, la explotación de los más pequeños obligados por su precaria situación vital.
Esa es la historia que recoge el libro que hoy os acerco, una historia con nombre propio Kalil Mtube que encarna a los millones de niños y niñas que siguen siendo explotados cada día porque como nos recuerda el autor «cada una de las partes de esta historia está sucediendo ahora mismo»… y, ojo, que aún no hablamos de los menores de en America Latina trabajando en la minería o en selección de residuos, o de los millones de pequeñas y también pequeños que forman parte del llamado «turismo sexual», del que sin duda necesitaremos otra entrada en el blog.
Demasiados miles de menores, demasiadas historias frente a un silencio inaceptable al que confío que algún día logremos poner fin -si, un bonito e ingenuo deseo para la época del año en la que estamos-.