
Se acerca el final del año y estamos viviendo una Navidad, sin duda, atípica condicionada por la pandemia que ha marcado todo el 2020 que estamos a punto de despedir. Llegadas estas fechas llevo días pensando en títulos con los que poder dar contenido a esta nueva entrada de mi blog. Sin duda son muchos los títulos de películas, libros o canciones que se pueden asociar con la Navidad. En mi caso al final los he reducido a tres: Love Actually, Qué bello es vivir y Cuento de Navidad.
Lo cierto es que la primera en la que pensé es la película coral Love Actually, la más reciente, con mensajes quizá más vigentes y con un final que, en estos tiempos que vivimos, a más de uno nos gustaría contemplar y vivir: aeropuertos con entradas y salidas, pasajeros llegando o partiendo con sus familiares o amigos recibiéndoles con abrazos y besos, contacto físico que tan controlado está ahora, como durante el 2020 y entiendo que en unos cuantos meses (por ser optimista) seguirá manteniéndose así para evitar más contagios. Dejo aquí la escena porque creo que si ya, en su momento cuando vi la película, me gustó ahora todavía adquiere mucho más sentido, nunca pensé que tanto.
Pero Love Actually es mucho más, podríamos decir que es una película de Navidad de hoy en día, marcada por la versión de un villancico que un músico veterano logra hacer viral gracias a sus extravagancias y su lenguaje «sin pelos en la lengua». Una carrera musical que llega a lo más alto precisamente por eso, por lograr seguidores, más y más seguidores según sus locuras son mayores. Para muchos puede ser una típica comedia, pero creo que no, que es mucho más. Con un reparto coral de grandes actores nos ofrece una muestra de las relaciones humanas, de los distintos tipos de amor que a lo largo se su vida puede haber: el primer amor; el prohibido; el familiar; el imposible; el fraternal; el conyugal; a distancia; el desamor… Un largometraje, al que acompaña una buena banda sonora, que dibuja sonrisas en nuestro rostro y que, en más de una ocasión nos vemos identificados en alguna de las historias que viven sus protagonistas.

Pero de repente a mi cabeza volvió, un año más, Qué bello es vivir (1946), de Frank Capra, con James Stewart y Donna Reed, una película que durante años se emitía siempre el día de Navidad en TVE, y que, como amante del cine clásico y sobre todo de Hollywood de antaño, vi rigurosamente año tras año. Ante la idea de utilizarla en mi blog decidí volver a hacerlo y reconozco que según iban pasando los minutos y las escenas, me sorprendí.

Evidentemente no me sorprendió el tinte religioso que a la fiesta de la Navidad y a toda la historia se da, teniendo en cuenta, que Clarence (ojo que hago spoiler) es un ángel que bajará a la tierra en una misión de la que habla previamente con Dios. Pero mi sorpresa fue a más cuando transcurría la película y en ella quedaban patentes ideas que, a lo largo de los años, han instaurado -o más bien ha interesado que fuera así- los poderes que ahora llamamos patriarcales. Así la protagonista quería casarse con James Stewart desde niña, lo logra y tiene cuatro hijos y cuida de su casa. Es más llega un momento, en el que George Bailey supuestamente no ha nacido y busca a la que era su mujer le aclara su «ángel de la guarda»: «al no existir tú y no casarse contigo se quedó solterona y ahora es bibliotecaria» -ahí es nada-.
Aún así siempre ha sido un referente en estas fechas y me trae importantes recuerdos, y es más, sigo pensando que es una película excelente y que debemos valorarla teniendo en cuenta en qué momento se grabó. No debemos enjuiciar obras de arte, películas, letras de música con la visión crítica de este siglo en el que estamos. Debemos entenderlas en el momento en el que se crearon, rodaron o compusieron y, a partir de ahí, valorarlas en su contexto, y extraer conclusiones actuales, sobre, por ejemplo, cómo hemos evolucionado o no. Pero nunca despreciar o querer censurar lo que en su día no se censuró o se creó bajo los cánones y costumbres sociales de otra década y otro siglo.
Y por eso traigo aquí esa película. No sólo por el significado que pueda tener para mí, si no porque en ella yo veo el valor de las personas, de las que creen que juntos todo es mejor, de aquellas que son generosas sin pensar en las consecuencias, como es el caso del protagonista, que al fin y al cabo su vida todo son renuncias… Que olvidamos en muchas ocasiones que nuestro paso por la vida deja huella, de todo tipo, y que si nos paramos a pensarlo se enriquece precisamente en ese día a día, en ese conocer, sufrir, compartir, llorar, amar, ignorar…simplemente vivir. Y ahí es importante sacar el mejor partido, el mejor aprendizaje de cada una o cada uno que nos acompaña en este camino por el que transitamos de mejor o peor manera.
Y terminamos con otro clásico: Canción de Navidad, de Charles Dickens, que ha sido versionado numerosísimas veces en el cine, teatro y televisión. Los tres famosos fantasmas de la Navidad visitan al avaricioso señor Scrooge que odia estas fiestas. Cada uno debe vivirlas como quiera y sienta. Pero no puedo evitar utilizar este tradicional cuento para hablar de la Navidad presente, marcada por la pandemia, por las normas y la indecisión de nuestros políticos que anteponiendo los futuros votos prefieren pasarse el problema unos a otros y dejar toda responsabilidad sobre la ciudadanía.

Una Navidad que muchas y muchos recordarán porque no pudieron volver a casa por estas fechas, en la que a las cinco de la tarde la hostelería estaba cerrada, las localidades perimetradas y como la de un país a la espera de una vacuna como solución para recuperar el estilo de vida perdida, garantizar la normalidad que permita vivir las navidades del pasado. Las previas a la «nueva normalidad».
Y nos queda la Navidad del futuro. Aquí me gusta pensar que será una mezcla de todo lo que he descrito antes, de las tres películas o títulos que he elegido para esta ocasión. Unas navidades, en las que los encuentros vengan acompañados de abrazos y de esperas en estaciones y aeropuertos, en las que hemos aprendido del pasado reciente en el que miles de personas vieron truncadas sus vidas por la aparición de un virus inesperado que puso en jaque a todo el mundo. Una fechas en las que estará presente la importancia de las pequeñas cosas, de los detalles, de todo aquello de los que muchos se ven privados -por diversas circunstancias- y que, en nuestro caso, pudimos casi entender durante el confinamiento -espero que el único- al que este año nos vimos obligados durante meses.
Que en un año podamos sonreír abiertamente, sin mascarillas, y podamos decir que nuestros representantes públicos han aprendido de lo ocurrido. Que la sanidad y la educación se han dotado de personal y material necesarios para atender a la población, y poder tener capacidad de reacción si se repite algo similar a lo que hemos vivido, o, simplemente, porque de una vez por todas son conscientes de la importancia de apostar por un sistema sanitario, educativo o cultural fuertes para garantizar la modernidad y desarrollo de nuestro país. Que dentro de un año hayamos aprendido a ver a las personas por lo que valen y no por lo que tienen, que sepamos leer a través de los ojos en este tiempo en el que es la forma inicial de contacto o identificación. Una sociedad en la que abandonemos el individualismo imperante para ver lo de todas y todos. No nos parecía difícil durante los meses más duros de esta pandemia, ¿verdad?
Esta es la Navidad del futuro que me imagino… lo sé podría fijarme bien y mucho me temo que -y lo espero de corazón- el único cambio habría sido la tendencia de la pandemia por esa vacuna que llegó al esfuerzo de investigadores de todo el mundo, y financiación de países -algunos más que otros-, pero que realmente nos dejará un panorama en el que nuestros políticos, aquellos que nos representan, dejaran nuevamente en nuestras manos, la ciudadanía, la lucha contra las colas del hambre, la desesperación ante el incremento del paro que se anuncia, o, simplemente, ante listas de espera en la salud pública que seguirá esperando ser atendida después del gran esfuerzo que se ha hecho este 2020….
Pero no, prefiero ser ingenua, prefiero creer, confiar y pensar que sí, que algo hemos aprendido de este 2020 endiablado. Así soy yo.